El Imparcial
Viernes, 23 de marzo de 1923

El Instituto Nacional de Higiene de Alfonso XIII fué creado en 1899 por iniciativa del Ilustre doctor don Carlos María Cortezo. Disueltos por Real Decreto de 28 de octubre los Institutos de Bacteriología e Higiene y el de Vacunación, el mismo decreto creó el Instituto de Sueroterapia, Vacunación y Bacteriología de Alfonso XIII. Constituían sus principales objetivos los trabajos relacionados con la higiene y beneficencia públicas, y de un modo especial la vacunación contra la viruela, las inoculaciones antirrábicas, la preparación y expedición de sueros y demás productos bacteriológicos destinados al diagnóstico, profilaxis y tratamiento de las afecciones del hombre y de los animales; los análisis bacteriológicos y químicos de bebidas, alimentos, medicamentos y productos morbosos; la enseñanza práctica de la bacteriología en sus relaciones con la higiene pública y la custodia y reparación del parque sanitario civil anexo al Instituto.
El ilustre doctor D. Francisco Tello, director del Instituto, nos explica los orígenes de esta benemérita fundación. Estamos en su despacho —una severa habitación presidida por un magnífico retrato de Ramón y Cajal, firmado por Anselmo Miguel Nieto— y mientras el hombre de ciencia, robando unos instantes a su importantísima labor, desgrana el rosario de sus recuerdos para evocar los primeros tiempos de la obra que dirige y que es honra y orgullo de nuestra Patria, pensamos en el mérito de estos hombres que oscura y calladamente trabajan en ese ingrato campo de las experimentaciones científicas para preservarnos a los demás mortales de las terribles dolencias que constantemente nos acechan.
—Al principio el Instituto hubo de ser instalado modestamente en un local alquilado de la calle de Ferraz— sigue diciéndonos el doctor Tello—. Su presupuesto tenía por base el exiguo presupuesto que había entonces para vacunación. Con decir que D. Santiago Ramón y Cajal, que dirigía entonces el Instituto, cobraba 3.000 pesetas anuales y que yo entré con el sueldo de 1.250, comprenderá usted los equilibrios que teníamos que hacer para llevar a cabo dignamente el cometido que se le había señalado a la nueva Institución. No obstante, conseguimos darle fuerza y vigor, y así, en 1911, cuando el cólera de Vendrell, Cajal, Pittaluga y yo visitamos aquella comarca para estudiar las causas de la epidemia y recorrimos varias regiones para prevenir su posible propagación: En 1912, ante el peligro de que la terrible enfermedad se reprodujera, creamos la sección de Epidemiología que intervino de una forma eficaz en los casos de peste registrados en Canarias y luego, en 1913, en los ocurridos en Larache y Alcazarquivir. La sección de Epidemiología no ha dejado de funcionar desde entonces.
—¿Cuándo se trasladó el Instituto a este edificio?
—En 1915. Era tan evidente la necesidad de ampliar todos los servicios del Instituto, que se pensó en construir un edificio propio. García Prieto consiguió que las Cortes votaran una ley cediendo el terreno necesario en la Moncloa, que era un coto cerrado; La Cierva obtuvo el dinero necesario para la construcción del edificio que, como usted podrá ver, es magnífico, y así se hizo esta casa. Para poder adquirir el material que nos hacía falta, recurrimos a la fabricación de sueros y vacunas para la venta a particulares y a las enseñanzas que estábamos autorizados para dar; pero nos quedamos sin ia primera de estas funciones por habérsenos prohibido la expedición de productos bacteriológicos, y con ello perdimos una considerable fuente de ingresos.
—¿Tiene muchos gastos el Instituto?
—¡MuchísimosI ¿No ve usted que hemos de pagar unas cuentas enormes de agua, gas y electricidad, y además adquirir animales para los experimentos, reactivos, material de enseñanza y un sinfín de cosas necesarias?
El Estado nos subvenciona con ochenta mil pesetas y paga el personal; pero ha habido años que las ochenta mil pesetas se han gastado casi enteras en gas, carbón, electricidad y agua.
—¿Tienen ustedes otros ingresos? —Únicamente el que nos proporcionan los alumnos de nuestros cursos de Bacteriología y Química. Pagan 300 pesetas de matrícula, pero el material que consumen cuesta mucho más. Ahora que vamos viviendo sin grandes aprietos, porque nos administramos lo mejor que podemos.
El doctor Tello habla del Instituto con orgullo. ¿Cómo no, si es la obra del insigne Ramón y Cajal y él, discípulo predilecto del maestro, es su continuador? No protesta de no poder realizar su misión libre por completo de preocupaciones económicas. Tan sólo, en su deseo de que el Instituto pudiera hacer más todavía de lo que hace, tiene unas palabras de lamentación.

—Es una verdadera lástima que no podamos ahora contar con el ingreso de la fabricación y venta de productos bacteriológicos y la comprobación de sueros y vacunas. Con ello podríamos vivir holgadamente, libres de apreturas económicas.
Y acto seguido empieza el doctor Tello a explicarnos la labor que realizan las Secciones del Instituto, invitándonos a visitarlas.
La labor de las Secciones. —¡Un mártir de la ciencia!— La lucha contra el paludismo. —Las regiones más palúdicas de España. —La vacuna contra la viruela.
Al frente de la Sección de Bacteriología está el doctor D. Antonio Ruiz Falcó, el eminente bacteriólogo, que desempeña la subdirección del Instituto.
Cuando entramos en la amplia sala de la Sección, el doctor Ruiz Falcó se halla de pie, junto a un encerado lleno de signos cabalísticos, explicando a sus discípulos los misterios de ese mundo pequeñísimo del microbio y de la molécula.
—Nos cogen ustedes en plena clase— dice amablemente, mientras Pío hace unas fotografías—. Esta es una de las funciones principales del Instituto la enseñanza de la bacteriología.
¿Hay muchos alumnos en el Instituto?
—Estos son los de la Escuela de Sanidad, que está formada a base del Instituto de Alfonso XIIl y del Hospital del Rey, y son doce, pero en esta promoción no hay más que diez. Aquí reciben enseñanza práctica para poder desempeñar cargos oficiales sanitarios. Luego hay los cursos oficiales de la casa, con cuarenta alumnos que aprenden química y bacteriología. Vienen también incluso médicos para hacer prácticas.
Entre los millares de frascos y retortas que llenan las mesas vemos se revuelven inquietos unos conejillos de Indias.
—Son para las experimentaciones —aclara el doctor Falcó—. Les inyectamos microbios de la peste, del tifus, de la viruela, y después los sometemos tratamiento.
Luego nos acompaña a un cuarto pequeño, lleno también de potes y redomas.
—Aquí tenemos los microbios de todas las enfermedades —dice—, desde el del cólera al de la peste bubónica. Aquí ti abajaba el doctor Manuel Partearroyo, que se infectó de peste pulmonar y murió en plena juventud, víctima de su entusiasmo por las investigaciones científicas.
¡Qué pocos españoles habrá que conozcan el nombre de este mártir de ia ciencia, de este hombre que perdió la vida hace trece años por hacer bien a sus semejantes! ¡Se ha hecho algo por glorificar su memoria? ¡Triste sino el de estos hombres que exponen su vida sin otra compensación que la satisfacción íntima del deber cumplido!
En la sección de Química nos recibe e! jefe interino D. Tomás Garmendia. Se hallan vacantes la jefatura y dos de las tres ayudantías que existen.
El doctor Garmendia nos acompaña en nuestra visita a las instalaciones de esta Sección. Todo muy cuidado, todo muy limpio, ningún detalle falta que deje de satisfacer nuestra curiosidad, desde la preparación meticulosa de soluciones hasta el más insignificante ensayo de absorción.
Al felicitar al doctor Garmendia nos replica modestamente:
—Esto no tiene ninguna importancia. Ahora estoy solo, y de ayudante he tenido que pasar a jefe de la Sección. Cuando venga el nuevo jefe y los dos ayudantes que faltan, podremos trabajar mucho más.
Pasamos luego a la Sección de Parasitología. El jefe, doctor Sadí de Buen, cuyo nombre va asociado a todas las campañas que se realizan en España para combatir el paludismo, está también dando clase ante un grupo de jóvenes embutidos en batas blancas.
El doctor Sadí de Buen abandona su labor para atendemos.
—Estamos ahora explicando dos cursos para médicos auxiliares de la lucha antipalúdica — nos dice—. Uno para estudiar los mosquitos transmisores y otro de estadística. Este es interesante, porque es la primera vez que en España se da un curso de estadística aplicada a la medicina.
—¿Hay mucho paludismo en España?— pregunta yo, aprovechando la feliz circunstancia de hallarme frente a éste hombre, que ha dedicado sus mayores actividades a combatir esta plaga.
—Bastante; pero trabajamos constantemente para acabar con él. En la provincia de Cáceres, que es donde está más extendido, hemos establecido un Instituto Antipalúdico en Navalmoral de la Mata, y hemos logrado reducir los casos de una manera considerable. Para ello tuvimos que vencer al principio la resistencia de los mismos atacados; pero en ios últimos años la cifra de mortalidad ha bajado de 63.4 por 100.000 habitantes a 41,3. Y así en las demás regiones afectadas por el paludismo.
—¿Cuáles son las provincias donde hay más palúdicos?
—Cáceres, Badajoz, Huelva, Alicante, Salamanca, Cádiz, Ciudad Real, Murcia, Córdoba y Sevilla, en las que la mortalidad por paludismo varia entre el máximo de 4,13 por 10.000 habitantes en Cáceres, y el mínimo de 1,20 en Sevilla. Pero hemos de seguir luchando, y acabaremos por desterrar de España esa vergonzosa endemia.
Nos despedimos del doctor Sadí de Buen ofreciendo aceptar la invitación que nos hace de que visitemos el instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata «para hacer una buena información de la lucha contra el paludismo», y nos dirigimos a la Sección de Vacunación.
El jefe, doctor Luis Rodríguez Illera, nos dice que la cifra promedia de personas que acuden al Instituto a vacunarse contra la viruela es de un millón.
—Ha habido algún año en que, por haberse producido entre el público una alarma o por haber dictado las autoridades disposiciones sanitarias, los vacunados aquí han pasado del millón y medio —añade.
—¿Es gratuita la vacuna?
—Completamente gratuita. Los sueros se preparan en la Sección de Bacteriología, y no sólo se administran en vacunaciones, sino que se facilitan a las personas necesitadas.
Visitamos luego el Parque Sanitario, cuya jefatura está también vacante, y admiramos después las largas hileras llenas de conejos y de ratas que han de servir para los trabajos de experimentación y eI establo donde están las terneras proveedoras de suero antivarioloso.
El tratamiento antirrábico. —iCien personas tratadas cada día! —La mortalidad no llega al uno por mil. Un hijo de Ramón y Cajal al frente de esta Sección. —A todos los buenos españoles y al Gobierno.
Cuando penetramos en la Sección de Tratamientos Antirrábicos unas treinta personas aguardan, con esa impaciencia propia de los enfermos que esperan el diagnóstico del médico, que les toque el turno. En la amplísima sala de espera, sumida en la suave penumbra del atardecer, hay hombres, mujeres y niños, sobre todo niños. Sus risas y sus voces resuenan alegres —¡bendita inconsciencia que no les deja comprender el peligro que se cierne sobre ellosl—, y sólo se acallan cuando cruza la estancia uno de esos hombres enfundados en blanquísimos blusones, que realizan oscura y anónimamente la heroica labor de arrancar todos los días unas vidas a la muerte que acecha rabiosa…
De vez en cuando una voz canta un número o un nombre, y uno de los presentes se levanta y se dirige hacia la puerta de la sala de tratamientos. Entra horrorizado, como quien va a oír su sentencia de muerte, convencido de que lleva en la herida que le hiciera el perro o el gato de su casa los gérmenes de esa terrible enfermedad que se llama rabia… Y poco después sale radiante de gozo, sintiendo la alegría inmensa de vivir. lYa está seguro de que el mal ha sido vencido! iYa no tiene nada que temer!
¿Cómo se ha operado este milagro? El jefe de esta Sección, doctor Jorge Ramón y Fañanás nos lo explica amablemente.
—Empleamos el método antirrábico de Hogyes, cuyo valor profiláctico queda demostrado por el hecho de que la mortalidad de personas tratadas en el Instituto apenas llega a un uno por mil. Esta cifra es de las más exiguas si se compara con las registradas en los principales centros antirrábicos del mundo. Si el mordido acude en seguida, la curación es segura, pues uno de los factores de mayor importancia para el éxito del tratamiento estriba en el tiempo transcurrido entre la fecha de la lesión y el momento de presentarse a la cura. Los microbios que inoculamos al paciente se adelantan a los que le transmitió el animal que le produjo la herida y le inmunizan. Es algo así como una carrera de velocidad entre microbios: el que llega primero, vence.
—¿En qué consiste el tratamiento?
—En dos inyecciones diarias en el vientre. Según los casos, dura catorce, diez y siete o veinte días, según la gravedad de las heridas y según las probabilidades de que el animal que las ha producido esté o no rabioso; pero como le he dicho a usted, si el atacado acude a tiempo se salva.

—¿Viene mucha gente?
—Mucha. Puede calcularse en un centenar el número de personas que tratamos diariamente. Vienen de toda España, excepto de Cataluña, pues en Barcelona, el Laboratorio Municipal trata también a los atacados. Las provincias que dan mayor contingente al Instituto son Madrid, Ciudad Real, Cuenca, Toledo, Cáceres, Avila, Albacete y León.
¿También es gratuito el tratamiento?
—Sí, señor. Los que pueden, pagan cincuenta pesetas por todo el tratamiento; pero un noventa y cinco por ciento de los tratados vienen con el certificado de pobreza extendido por sus respectivos Ayuntamientos.
—¿Cuál es el animal que da mayor contingente de atacados?
—El perro. Según la última estadística que he hecho, de 1.377 casos tratados, 1.102 fueron causada por mordeduras de perro; 241, por mordeduras de gato, y ios demás, por ratas, vacas, muías, cerdos, monos, cabras, zorras y burros. Sólo ha habido seis casos de rabia humana y uno por inoculación con material virulento. Estoy terminando la estadística de! año pasado, y las proporciones no difieren ostensiblemente de los datos anteriores.
El doctor Ramón y Fañanás nos explica luego cómo se verifican los análisis de los animales causantes de las mordeduras para comprobar si están o no rabiosos, extrayéndoles de la cabeza los principales centros nerviosos, y cómo se guardan los comprobantes que consisten generalmente en un trozo de vulvo o corteza cerebral. En un ochenta por ciento de los animales analizados se ha comprobado que existía rabia.
—¿Y cuando no es posible coger el animal causante de las heridas?
—Empleamos el mismo tratamiento, que es también preventivo. Pero, claro está nos falta el más importante elemento de juicio…
Siguen entrando personas sometidas a tratamiento. Y mientras aguardan pacientemente el pinchazo doloroso de la inyección que les administra el ayudante, doctor Pérez Pardo, el doctor Ramón y Fañanás, este hombre que ostenta con legítimo orgullo el apellido más glorioso de la ciencia española, pues es lujo de Don Santiago Ramón y Cajal, tiene para todos una frase amable de consuelo y de confortación.
Y todos corresponden a estas bondades —que no basta practicar el bien, sino que hay que saber practicarlo con dulzura— con palabras de reconocimiento, muchas veces toscamente expresadas, pero siempre profundamente sentidas.
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Hemos visto, lector, una de las instituciones de España donde más eficazmente se practica el bien. Unos cuantos hombres, desconocidos de la inmensa mayoría de los españoles, trabajan constantemente, embebidos en sus estudios y en sus investigaciones, en este instituto Nacional de Higiene de Alfonso XIII, para preservarnos de la acción de los dañinos microbios enemigos de la Humanidad.
Ellos, con su benemérita labor, evitan muchos males, salvan muchas vidas, a veces con peligro de la suya propia, y ponen muy alto el nombre de nuestra patria en el extranjero, donde estos trabajos científicos son cada día más apreciados en su justo valor. ¿No es cierto que merecen la admiración más ferviente de todos los buenos españoles y el apoyo más decidido del Gobierno que rige los destinos de nuestro país?
Para que no les falte nunca el estímulo que significa aquella admiración y este apoyo, hemos escrito esta información…
Fernando BARANGO-SOLÍS

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