Cuenta Santiago Ramón y Cajal en sus memorias que aquel 1885 una epidemia de cólera estalló en Valencia, donde él era catedrático de anatomía. Los hospitales “rebosaban de coléricos” y “la población, diezmada por el azote, vivía en la zozobra”, rememora Cajal. Los médicos más veteranos recetaban el sabroso, pero inútil, láudano de Sydenham: vino con opio, azafrán, clavo y canela.
Los creyentes en el microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hervir el agua potable y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones higiénicas la citada inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi laboratorio casero deyecciones de colérico y cultivos del germen en gelatinas y caldos.
… Como siempre, mostrose en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de misoneístas y filoneístas. Para los primeros, la vacuna constituía deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal género; los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico tortosino, cuyos talentos y laboriosidad pusieron en las nubes…
… Un microbio era el culpable del cólera, una diarrea letal capaz de matar a una persona en cuestión de horas. Y Cajal, según reivindicó él mismo, inventó una solución a sus 33 años: “la vacuna química”.
La inmersión de Cajal en el estudio fue total. De acuerdo con sus biógrafos, en pocas semanas fabricó caldos, tiñó microbios y construyó estufas y esterilizadores; según recuerda él mismo en Historia de mi labor científica, una vez ya práctico en estas manipulaciones, “busqué y capturé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch y dime a comprobar la forma de sus colonias en gelatina y agar-agar con las demás propiedades biológicas, ricas en valor diagnóstico, señaladas por el ilustre bacteriólogo alemán”.
La vacuna de Ferrán ofrecía una esperanza de vencer la enfermedad colérica “pasando a través de ella” y así lo entendieron los habitantes de Alcira –una de las poblaciones más castigadas por la epidemia– en la Memoria presentada al Gobierno español y en la que reclamaban la inmunización mediante la “colerización” convencidos de la base racionalista de la doctrina del médico tarraconense: “De pronto, el nombre de Ferrán y el grito de ¡salvación! repercuten en el corazón de los alcireños…”. Pero a la vacuna de Ferrán le faltaba efectividad y le sobraba riesgo, algo que trató de solventar Cajal, siendo uno de los trabajos que contienen los Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones profilácticas la demostración de que la inyección hipodérmica del cultivo colérico muerto por el calor estimula los mecanismos de defensa del organismo, produciendo la inmunidad.
Tras el estudio llegaron las conclusiones y, con ellas, la enemistad con Ferrán, ya que: “… en lo tocante al punto principal, o sea la profilaxis, me declaré poco favorable al procedimiento de Ferrán, aunque admitiendo su práctica a título de investigación científica (los cultivos puros del vírgula inyectados bajo la piel resultan inofensivos) y sin forjarme grandes ilusiones sobre su eficacia”.
Según Pedro Ramón y Cajal: “la técnica de Ferrán se apoyaba en la creencia de que todo microbio sacado de un organismo vivo y cultivado en medio artificial se atenuaba y convertía en vacuna con poder inmunizante, profiláctico y curativo”. En realidad no se trataba de vacunas, sino de caldos de cultivo que inyectaba en dosis crecientes, y lo que hizo Cajal fue repetir los experimentos, pero modificándolos “en el sentido de que inyectaba, en lugar de cultivo vivo, bacilos muertos que obraban igual, pero con peligro menor”.
Mientras los dos investigadores españoles se enzarzaban en la polémica, los investigadores americanos D. E. Salomón y T. Smith aparecían, un año después de su constatación por Cajal, como los descubridores de que la vacunación de hombres y animales con cultivos de gérmenes muertos estimula la producción de anticuerpos.
En cualquier caso, el obsequio de un magnífico microscopio de la casa Zeiss por parte de la Diputación de Zaragoza como agradecimiento a “su celo y desinterés” contribuyó decisivamente a la futura labor científica de Cajal, permitiéndole “abordar sin recelos y con la debida eficiencia los delicados problemas de la estructura de las células y el mecanismo de su multiplicación”, una vez escogida, no sin pena ante la renuncia a “plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los invisibles enemigos de la vida”, la discreta y angosta senda histológica, “la de los goces tranquilos”, pero también la que le permitiría –pensaba él– en convertirse en “el héroe de la novela de la vida”, ya que “el conocimiento exacto de la textura del cerebro permitirá averiguar el cauce material del pensamiento y de la voluntad”. Camino de Barcelona su corazón, como el del poeta, esperaba “hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.
Esto no quiere decir que Cajal no siguiera atento a los avances de la Bacteriología en los años siguientes y que no sintiera grandes simpatías por el mundo microbiano, como lo prueban muchos de sus artículos divulgativos y literarios aparecidos, bajo el su seudónimo de Doctor Bacteria, –quizás como compensación por su abandono de la Bacteriología–, la publicación posterior de sus Cuentos de vacaciones, algunos de los cuales están fuertemente impregnados de Microbiología, o la utilización constante a lo largo de su vida de metáforas microbianas para describir hechos o dar opiniones. Así, por ejemplo, habla de la ciencia como “la simple consecuencia de la imitación y el contagio”, y argumenta que este contagio se produce “a veces a distancia, por la semilla latente en los libros, más a menudo de cerca, por gérmenes arribados (…) desde las cabezas geniales”.
Estanislao Nistal Villán: Profesor Titular de la Facultad de Farmacia del CEU San Pablo, Madrid.




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Bibliografía
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El año en que Cajal inventó una vacuna y no se enteró nadie porque lo anunció en español
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Polémicas: Ramón y Cajal versus Ferrán y la vacunación anticolérica
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Ramón y Cajal – Bacteriólogo. Fuente: Sociedad Española de Quimioterapia
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El cólera en Salamanca: Análisis comparado de las epidemias del siglo XIX** **

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