Si hay algo en nosotros verdaderamente divino es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, reconstruimos el cerebro y nos superamos diariamente.

Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios cuando debieras agradecerlas. Sus golpes no te hieren, te esculpen. Con pocas excepciones, todo joven dotado de acusada y fuerte personalidad reacciona contra las exageraciones doctrinales o sentimentales de padres y maestros adoptando el tono o colorido moral complementario.

El tumulto de la vida social suele obrar sobre las cabezas humanas débiles como el río sobre un cristal de cuarzo. Arrastrado y golpeado por la corriente conviértese al fin en vulgar canto rodado. Quien desee conservar incólumes las brillantes facetas de su espíritu recójase prontamente en el remanso de la soledad, tan propicio a la actividad creadora.

Natural y loable es el ansia de reputación. Importa empero que el maestro discierna los dos principales tipos de ambiciosos: los que codician la fama como fin y los que la persiguen como medio. Cultívese de preferencia a los primeros. Misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas. Sólo trabajando se enseña a trabajar. Como decía Cisneros, Fray Ejemplo es el mejor predicador.

Nos gustan los libros que relatan las hazañas que hubiéramos deseado realizar, es decir un programa de vida noble y bella frustrado por el aciago destino.

Suele crecer la planta según la dimensión de la maceta. El talento aldeano confinado en su rincón difícilmente alcanzará su pleno florecimiento.

La naturaleza nos ha otorgado dotación limitada de células cerebrales. He aquí un capital, grande o pequeño, que nadie puede aumentar, ya que la neurona es incapaz de multiplicarse. Pero si se nos ha negado la posibilidad de acrecentar el caudal celular, se nos ha otorgado en cambio el inestimable privilegio de modelar, ramificar y complicar las expansiones de esos elementos, como si dijéramos de los hilos telegráficos del pensamiento, para combinar casi hasta el infinito las asociaciones reflejas y las creaciones ideales. Aprovechémonos de esta preciosa prerrogativa durante la juventud y la edad viril, porque el protoplasma neuronal parece endurecerse como el mortero con el transcurso del tiempo y no hay nada más infecundo y aun nocivo que una cabeza incapaz de aprender y corregirse.

Existen dos variedades humanas, de valor harto desigual: el hombre rebañego, modelado por la tradición y la rutina y el hombre nuevo forjado por autorreflexión. Esta variable mental merece exclusivamente el nombre de individuo, porque sólo él es capaz de aportar algo al acervo común del progreso. Las cabezas sencillas y sugestionables reproducen el tipo humano ancestral, orientadas hacia el pasado desdeñan el futuro. Son empero necesarias, ya que forman la reserva evolutiva de la raza, donde laten en potencia, aguardando su hora, los genios del porvenir.

Ideal de la ciencia

Puesto que vivimos en pleno misterio, luchando contra las fuerzas desconocidas, tratemos en lo posible de esclarecerlo. Concluida nuestra labor seremos olvidados, como la semilla en el surco. Pero algo nos consolará el considerar que nuestros remotos descendientes nos deberán dar un poco de su dicha y que gracias a nuestro esfuerzo el mundo resultará algo más agradable e inteligible. Una severa autocrítica constituye el más precioso don del pensador. Nada de embriagarse con el propio vino, bueno o malo. No imitemos la credulidad confiada de la gallinácea que incuba con la misma formalidad un huevo fecundo que un huevo de mármol.

Sobre la primacía de la teoría sobre la práctica y viceversa se han gastado mares de tinta. Hoy, al contrario de otras épocas, prevalece la exageración practicista con lo que se obtienen buenos obreros, pero rutinarios y mediocres maestros. Se olvida demasiado que el problema docente es un problema de equilibrio mental.