Leoncio López-Ocón Centro de Ciencias Humanas y Sociales | CSIC

Leoncio López-Ocón publicó en Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2007, un artículo con un doble objetivo. Por un lado intenta destacar el papel desempeñado por Santiago Ramón y Cajal en la génesis y desenvolvimiento de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Por otra parte relaciona el protagonismo de Cajal en esa institución con su faceta de educador de los jóvenes científicos. Esa voluntad pedagógica se manifestó en diversos hechos a lo largo de su trayectoria intelectual. Entre ellos cabe destacar su labor de divulgador científico, su afán de participar activamente en la transformación de las estructuras educativas de la sociedad española y su presidencia de la JAE durante un cuarto de siglo, desde 1907 a 1932.

La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas —citada de ahora en adelante por el acrónimo JAE—, creada por real decreto de 11 de enero de 1907, ha sido la «primera obra seria y constructiva de renovación científica, educativa y pedagógica de carácter oficial, realizada dentro del aparato institucional del Estado en la época moderna».

Pablo de Azcárate

La JAE fue el principal instrumento que hubo en la España del primer tercio del siglo XX para desarrollar un ambicioso programa de renovación científica y educativa.

Los investigadores de la JAE debían de prestar atención simultáneamente a una triple labor:

  • Debían producir o fabricar hechos científicos, mediante el trabajo experimental, usando instrumentos de precisión.

  • Tenían que transmitirlos, o favorecer su circulación, entre los pares o colegas, mediante su publicación en relevantes revistas, y/o con una presencia activa en los foros de discusión de los congresos internacionales.

  • Y debían de esforzarse en diseminarlos en variados escenarios sociales, mediante una labor divulgadora para el gran público y formativa para los educadores científicos.

En marzo de 1906 Cajal rechazó la oferta de Segismundo Moret de aceptar la cartera de Instrucción Pública, pero transmitió a Moret un detallado plan para «desperezar la Universidad española de su secular letargo», cuyas principales medidas eran: «la contrata, por varios años, de eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los grandes focos científicos en Europa, de lo más lucido de nuestra juventud intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio; la creación de grandes colegios, adscritos a institutos y universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos instructores y demás excelencias de los similares establecimientos ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una especie de Colegio de Francia, o centro de alta investigación, donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la creación de premios pecuniarios a favor de los catedráticos celosos de la enseñanza o autores de importantes descubrimientos científicos, a fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del escalafón, etc*»*.

Las dotes pedagógicas del maestro radicaban en la claridad de su exposición verbal, nada retórica ni elocuente, y en su dominio del dibujo didáctico, «que no sólo requiere una aptitud artística, sino el difícil sentido de construir, con Arte, el esquema que todo lo aclara».

Gregorio Marañón.

La «moral» cajaliana, atenta siempre a apreciar la cultura del esfuerzo y la capacidad que tiene el hombre de modelar su propio cerebro observando y estudiando la naturaleza.

Cajal trabajó por convertir el fomento de la ciencia en un asunto de Estado, y en favorecer un gran pacto entre las grandes fuerzas políticas de la Restauración para promocionar esa actividad cultural.

A lo largo del primer cuarto del siglo XX surgió en la sociedad española un discurso civil en materias científicas. Es decir una elite dividida, muy polarizada ideológicamente, pactó poner en suspenso en esa época, de mutuo acuerdo y en determinadas áreas, el hábito de hacer que todas las ideas sirviesen para la confrontación ideológica.

Thomas F. Glick

Aunque formada por hombres de las más diversas tendencias científicas, políticas, sociales y religiosas, la Junta ha continuado sin interrupción una obra de concordia que trata de implantar reformas trascendentales en que han de estar conformes todos los españoles de buena fe y se inspira en un sentido de escrupulosa tolerancia y de respeto a todas las opiniones. Así merece notarse el hecho de que, fundada en 1907, haya vivido esta Corporación trece años habiendo tomado todos sus acuerdos por unanimidad, sin que las discusiones en que se aportan datos hayan terminado nunca en lucha, votación o disentimiento.

Y concluía esta reflexión afirmando «el señor Ramón y Cajal ha presidido asiduamente las reuniones que suelen tener lugar una vez al mes», con lo que estaba planteando implícitamente que esa unanimidad se había logrado, en gran medida, gracias a la autoridad moral de Cajal.

Memorias de la JAE.

Cajal fue un ciudadano cuidadoso del manejo de los fondos públicos impuso, por ejemplo, la rendición de cuentas permanente. Año a año en las Memorias de la JAE podemos observar cómo sus responsables, con Cajal a la cabeza, hacían uso de los recursos procedentes de los Presupuestos del Estado o de donaciones particulares.

Estratégicas impulsadas por el Cajal educador fueron:

  • La política de envío de pensionados al extranjero con la que se intentó renovar las estructuras académicas y administrativas del Estado español.

  • La creación de centros de investigación científica desde los que los pensionados debían ayudar a reconstruir y modernizar el Estado mediante la práctica de la «moral de la ciencia».

  • El impulso de instituciones de carácter educativo, como la Residencia de Estudiantes, o el Instituto-Escuela.

En 1923 Cajal presentó los logros obtenidos con la política científica de la JAE considerando que se habían recogido «cosechas estimables», de modo que «en la nueva generación el tipo mental del maestro declamador y meramente comentarista disminuye visiblemente, y de día en día aumenta el número de revistas científicas nacionales, de laboratorios y seminarios de investigación y de entusiastas profesores entregados a pesquisas originales». No obstante, consideró que el éxito alcanzado era modesto ya que «avanzamos a paso de tortuga, cuando necesitaríamos velocidades planetarias». Esa situación se debía a tres razones:

1ª) A la escasez de las pensiones. Para Cajal el escaso centenar de pensionados enviados en el último año era cantidad irrisoria teniendo en cuenta que «nuestro país necesita ser reformado radicalmente de alto a bajo, hostigando y estimulando al amodorrado cuerpo social hasta la entraña misma». Proponía por tanto para lograr ese objetivo el envío de «cientos y acaso miles de pensionados, legiones de jóvenes decididos a arrancar a Europa el secreto de su grandeza y a infundir un nuevo espíritu en todas nuestras relajadas instituciones docentes y administrativas».

2ª) A la escasez del tiempo de pensión. A diferencia de Italia, y de otros Estados, donde las pensiones en el extranjero duraban tres años, en el caso español duraban por término medio un año y medio, lo que consideraba Cajal insuficiente, ya que exceptuando el caso de los profesores habituados a la investigación «que visitan los laboratorios extranjeros con la mira de dominar un nuevo método de estudio o de profundizar, al lado del sabio ilustre, algún tema especialísimo» el resto de las pensiones debían prolongarse a los tres años, dada la deficiente preparación técnica y la falta de conocimiento de idiomas de la inmensa mayoría de los doctores y licenciados que optaban a las pensiones.

3ª) A la escasa edad e insuficiente preparación técnica de los candidatos. Cajal estimaba que se corría «grave riesgo de perder tiempo y dinero enviando al extranjero mozos de veinte a veinticuatro años, ignorantes de sí mismos y sin gustos ni vocación bien definidos», poco formados debido a una defectuosa organización universitaria que se nutría «de mozalbetes irreflexivos, sin formación mental suficiente y casi totalmente desprovistos de conocimientos sólidos en Matemáticas, Física, Química, Historia Natural, Lenguas Vivas y Filosofía», según habían constatado observadores extranjeros conocedores de la organización docente española y críticos de ese sistema educativo como el pedagogo gallego Eloy André, autor del libro “La mentalidad alemana”, que Cajal recomienda vivamente a sus lectores. De ahí que se mostrase partidario de rechazar como pensionados «a todos los intonsos doctores y licenciados menores de veinticinco años, sin vocación consolidada ni preparación técnica elemental suficiente».

El prestigio que Cajal fue acumulando en el transcurso de los años con su programa de investigaciones, con su labor educativa y con sus dotes de gestor científico sirvió para que su nombre sirviese de imán para captar recursos adicionales para la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que esta usó para poner en marcha nuevas líneas de investigación.

«En nuestra prometedora ascensión cultural no todas las disciplinas científicas y sus aplicaciones marchan isocrónicamente. En ciertas actividades (matemáticas, estudios históricos, histología, ciencias naturales, etc) comenzamos a hombrearnos con los extraños, aunque sin igualarlos todavía; pero en otros, verbi gratia, la ingeniería, la zootecnia, la bacteriología, la botánica práctica, la astronomía, la química, la física, y sobre todo el arte de la invención industrial, vamos a la zaga…»

Santiago Ramón y Cajal

La voluntad pedagogica de Cajal presidente de la JAEDescarga