Alfonso Salgado Ruiz Catedrático de Psicología Biológica Facultad de Psicología. UPSA

Si por algo es unánimemente reconocido Cajal como uno de los investigadores más relevantes de la historia de la ciencia es por el descubrimiento de la neurona. Sólo esto hubiera bastado. Descubrir que las neuronas no estaban físicamente unidas como el resto de las células del organismo, formando una red como defendía el gran histólogo Camilo Golgi, sino que eran unidades independientes, físicamente separadas entre sí y unidas por el intercambio de información entre ellas, en lo que se denominó pronto como ‘teoría neuronal’ fue de una trascendencia que ha ido más allá de lo seguramente imaginable por el propio Cajal, y que supera los amplios límites de la citología, la histología e incluso la propia neurociencia.

Con justicia se considera a Santiago Ramón y Cajal como el padre de la moderna neurociencia, por sus descubrimientos y por las reflexiones que sobre ellos dejó escritos. La literatura de Cajal es tan bella como sugerente. No sólo detalla lo que ve -y lo que implica lo que ve- sino que sugiere interpretaciones que se convirtieron pronto en hipótesis de trabajo para otros investigadores, que terminaron certificando el acierto y el alcance de las intuiciones del joven histólogo español. Y así, el padre de la neurociencia moderna se convertía, seguramente sin siquiera sospecharlo, en el fundamento de la neurociencia cognitiva, y uno de los pilares de la neuropsicología y la psicología básica y aplicada.

En una mirada inmediata, el descubrimiento de la neurona como unidad funcional básica del sistema nervioso (pongo intencionadamente en cursiva la palabra sobre la que gira la base de mi planteamiento) supone una nueva y actualizada aproximación a uno de los indudables fundamentos biológicos de la conducta, que es el objeto de estudio de la Psicología.

En un corto recorrido, las aportaciones de Cajal suponen la puerta de acceso a una de las bases de la neurociencia cognitiva -la plasticidad cerebral-, y abrirá el ingente y eficaz trabajo de Donald Hebb (1904-1985) y su formulación de las redes neurales y su funcionamiento en los procesos de aprendizaje y memoria, por lo que se le reconocerá como el pionero de la psicobiología, al proporcionar datos y modelos explicativos acerca del papel del comportamiento como agente de cambio de la función y estructura cerebral. La idea de la plasticidad cerebral la anticipa Cajal en 1894 en su obra La fine structure des centres nerveux, escrita para The Croonian Lecture, y aún la detalla mejor ese mismo año en su artículo “Consideraciones generales sobre la morfología de la célula nerviosa”, publicado en La Veterinaria Española. Escribe así:

“Puede admitirse como cosa muy verosímil que el ejercicio mental suscita en las regiones cerebrales más solicitadas un mayor desarrollo del aparato protoplásmico (i.e. dendrítico) y del sistema de colaterales nerviosas. De esta suerte las asociaciones ya establecidas entre ciertos grupos de células se vigorizarían notablemente por medio de la multiplicación de las ramitas terminales de los apéndices protoplásmicos y de las colaterales nerviosas; pero, además, gracias a la neoformación de colaterales y de expansiones protoplásmicas, podrán establecerse conexiones intercelulares completamente nuevas”

Es fácil establecer la conexión con el principio de Hebb (1949):

“Cuando el axón de una célula A está lo suficientemente cerca de una célula B como para excitarla y participa repetida o persistentemente en su disparo, ocurre algún proceso de crecimiento o cambio metabólico, en una o ambas células, de tal modo que la eficacia de A para disparar a B aumenta”.

Y es que este mismo principio se intuye en palabras de Cajal, quien, como hemos leído, pensaba que el ejercicio mental favorece cambios de naturaleza plástica en la fuerza de las conexiones sinápticas entre las neuronas. Así, afirma en el mismo artículo citado arriba:

“El dinamismo cerebral depende verosímilmente de dos factores: primero, de la herencia, en cuya virtud recibimos un cierto número de células cerebrales con determinada propensión a asociarse y constituir lo que podríamos llamar la personalidad natural; segundo de la influencia del medio (padres, maestros, libros, consejos, ambiente físico, etc.) por cuya virtud reforzamos en ciertos puntos y contrariamos en otros las asociaciones naturales hereditarias, y establecemos, a menudo, conexiones enteramente nuevas; de este modo se produce la personalidad de adaptación, que puede mejorar notablemente la organización encefálica, si las sugestiones del ambiente están fundadas en la ciencia positiva, pero que la desvían y deforman cuando son debidas a la ignorancia, la rutina, el fanatismo, o el odio de razas, clases y personas”

En palabras de Carlos Blanco (2014), el propio Cajal había descubierto que las neuronas sólo forman inicialmente un número determinado de conexiones con las células nerviosas de su entorno, por lo que su conectividad es altamente específica. Este hecho, determinado genéticamente, permanece invariable a lo largo de la vida. Sin embargo, la experiencia permite que dichas conexiones se afiancen o atenúen. De esta manera, de la imbricación de lo genético -conexiones sinápticas fijas- y lo ambiental y aprendido -modificación en la intensidad de las sinapsis- se sigue la base biológica de la individualidad de cada miembro de una especie. La respuesta a la permanente pregunta por la relación mente-cuerpo parecía comenzar a resolverse

A la intuición de Cajal y las propuestas derivadas de Hebb le seguirán las imprescindibles aportaciones de Kandel, los trabajos de Squire, de Merzenich… junto con las derivaciones aplicadas a la neuropsicología clínica desde Luria. Y así hasta hoy.

En una mirada un poco más amplia, los trabajos de Cajal son próximos, aunque posteriores, a la principal obra de Darwin, *El origen de las especies por medio de la selección natural *(1859) y de William James, que publicó sus Principios de Psicología en 1890. La nota común a estos autores, aparentemente tan lejanos en materia de investigación y objetivos, pero inseparablemente relacionados desde una óptica epistemológica es su opción por la función como elemento descriptivo y explicativo. Darwin entiende, en definitiva, que de entre las mil posibles mutaciones aleatorias, permanecerán y se legarán aquellas que han resultado más adaptativas a los requerimientos del entorno. James considera que es la función que se pretende satisfacer la que da sentido de interpretación al proceso psicológico que quiera estudiarse. No en vano, William James es considerado promotor del funcionalismo en Psicología, que traerá pronto al mundo las corrientes más prácticas y de mayor rigor científico de la mano de Thorndike, Watson y Skinner, quienes insisten en el papel del aprendizaje como estrategia de adaptación. En buena medida, esa visión funcional del comportamiento (que pronto originará la necesidad de describir la conducta observada no sólo por su forma sino, sobre todo, por su función, y que permitirá por fin comprender el comportamiento anormal porque es desadaptativo, esto es, disfuncional) es la que se deriva de comprender que éste es la relación inseparable entre estímulo, organismo, respuesta y consecuencia, el universalmente compartido E-O-R.

Por eso, y esta es la idea que deseo remarcar, entender que la neurona es una unidad funcional, que recibe información (dendrita), la procesa (soma) y la transmite (axón), y que esta triple e inseparable función es la que le da sentido y fundamenta todo el funcionamiento del sistema nervioso (que reproduciría esta misma secuencia en los procesos de aferencia, procesamiento y eferencia), asumir que es esta funcionalidad la que se encuentra en la base de su estructura y fisiología y que así se reproduce en las distintas áreas y circuitos, es la que se encuentra, a la postre, en la base de la concepción del comportamiento desde la psicología científica: recibimos información para conocer el mundo, interpretarlo adecuadamente y elaborar una respuesta que nos permita la mejor adaptación al mismo o aprender a modificarlo para que se adapte a nuestra necesidades e intereses.

Muy seguramente sin pretenderlo ni siquiera imaginarlo, descubrir la neurona y definirla como unidad funcional en continua relación con otras con conexiones modificables por la experiencia hace que Cajal fundamente con acierto el esquema primero en que se basa toda la Psicología básica y sus aplicaciones profesionales.

Alfonso Salgado Ruiz Catedrático de Psicología Biológica Facultad de Psicología. UPSA