José Antonio Garrido Cárdenas Departamento de Biología y Geología. Facultad de Ciencias Experimentales Universidad de Almeria
Recordaba nítidamente los ojos cansados de aquella niña, treinta y cinco años después. Ya había terminado la estación seca, la más calurosa en la isla, pero los vientos terrales que venían del continente (harmat, para los nativos) hacían que el calor abrazara el terreno. Su madre la abanicaba con varias hojas de una planta de cacao, pero la niña, que presentaba desde hacía unos días somnolencia diurna excesiva, apenas reaccionaba, inmovilizada por la fiebre. Recordaba, además, cómo al mirar al médico del poblado, éste asentía en silencio y se lo confirmaba: Tripanosoma en sangre.
Gustavo Pittaluga lo recordaba, desde su exilio en La Habana. El sol del Caribe entraba cauteloso por la ventana de su apartamento y recorr.a las arrugas de toda una vida mientras él se asomaba al pasado. A lo lejos, el mar y el Malecón. Eternos. Idénticos a los que lo recibieron por primera vez a finales de 1937, cuando la Institución Hispano-Cubana de Cultura lo invitó, a través de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana y el Instituto Finlay, a dar un curso sobre Hematología. De aquello hacía ya más de un lustro.
Ahora, al echar la vista atrás, era imposible no tropezar de nuevo con la mirada de aquella niña. El análisis sanguíneo, la característica alteración del ciclo vigilia-sueño y el claro edema facial que presentaba no le dejaron lugar a dudas. La pequeña estaba afectada de tripanosomiasis africana, la enfermedad del sueño.
Los territorios del Golfo de Guinea, a pesar de pertenecer a España desde finales del Siglo XVIII —cuando Portugal se los cedió en el conocido como Tratado del Pardo—, representaban una región sobre la que existía un escaso control. Pero en 1907 sucedió algo que iba a cambiar esta situación. En ese año se creó la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), al amparo de la Institución Libre de Enseñanza, cuyo objetivo fundamental era la promoción de la investigación y la educación científica en España. Y a la cabeza del proyecto colocaron al que acababa de convertirse en el primer científico español en obtener el Premio Nobel en Fisiología o Medicina, Santiago Ramón y Cajal. Una de sus obsesiones, desde que cogió el timón de la nueva institución, pasaba por la modernización de la estructura científica del país. Para ello, la expansión del conocimiento científico patrio más allá de nuestras fronteras era una de sus estrategias. Así, creó la sección de parasitología del Instituto Nacional de Higiene de Alfonso XIII y diseñó una expedición de estudios científicos que habría de ponerse rumbo a los territorios españoles del golfo de Guinea para estudiar la enfermedad del sueño.
nos años antes, en 1903, había llegado a España el joven médico italiano Gustavo Pittaluga. Por entonces, el florentino tenía veintisiete años, pero ya había dado muestras de su genialidad. Su agudeza intelectual no había pasado desapercibida para Cajal, y tal fue así, que cuando
Pittaluga asistió al XIV Congreso Internacional de Medicina, en Madrid, en el caluroso verano de ese año de 1903, los caminos de ambos genios se cruzaron para siempre, esculpiendo una relación para la historia. Antes, el italiano había adquirido una amplia formación en el laboratorio del Catedrático en Anatomía Comparada Battista Grassi, conocido por su investigación en torno al papel del mosquito anófeles en la trasmisión de la malaria. Pero los intereses del joven Gustavo Pittaluga en el ámbito de la parasitología se extendían mucho más allá de las fronteras de esta enfermedad.
Así que Cajal no lo dudó. En cuanto tuvo que elegir, lo señaló como la persona que dirigiría la expedición científica a las colonias españolas del golfo de Guinea, como jefe de la comisión. Por entonces, la parasitología médica y la biología experimental eran ciencias que apenas comenzaban a gatear, pero Pittaluga dio muestras de su buen hacer en el estudio de la enfermedad del sueño y las condiciones sanitarias en las que ésta tenía lugar en aquellos lugares del trópico africano. Cajal tenía como modelo las misiones científicas inglesas o alemanas, con delegaciones de bacteriólogos recorriendo la costa de África occidental, a pesar de sus deficiencias. Carecían de un método que las hiciera fiables e incluso de una mínima profilaxis que facilitara un diagnóstico racional, pero el científico español sabía que eran fundamentales para el progreso de la ciencia, cuya misión principal pasaba por hacer habitable todo el planeta.
Cajal tenía como modelo las misiones científicas inglesas o alemanas, con delegaciones de bacteriólogos recorriendo la costa de África occidental, a pesar de sus deficiencias.
La expedición partió de Cádiz el 30 de mayo de 1909 y, tras 45 días de navegación, llegaron a la isla de Fernando Poo (hoy, Bioko). Durante cuatro meses recorrieron numerosos territorios en los que analizaron y describieron el medio, pormenorizaron los detalles del clima, analizaron las regiones donde había agua, tanto estancada como en movimiento, y estudiaron las costumbres y modos de vida de la población. A partir de todos estos datos, indagaron la presencia en la región de la enfermedad del sueño y de otras parasitosis.
Hoy sabemos que la enfermedad del sueño, o tripanosomiasis africana, es producida por dos subespecies del parásito Tripanosoma brucei, conocidas como T. b. gambiense, localizada en África subsahariana central y occidental, y *T. b. rhodesiense, *en África oriental. Pero en el momento de la expedición española, no se había logrado diferenciar aún entre ambas, indistinguibles morfológicamente entre sí. Lo que sí se empezaba a saber era que las moscas del género *Glossina *—la mosca tse-tse— representaban los vectores responsables de transmitir la enfermedad con sus picaduras, y que cuando no era tratada y afectaba al tejido cerebral, podía incluso provocar un coma o la muerte. En éstas y en otras cuestiones incidió la expedición de la que el equipo de Pittaluga extrajo, como principal conclusión, que la tripanosomiasis había invadido numerosos puntos de la región. Por suerte, aunque la enfermedad se encontraba muy extendida entre las tribus que habitaban el territorio, la endemia resultó ser mucho menor que la de otras colonias africanas.
A la luz insistente del atardecer cubano, el anciano científico se acordaba de todo aquello. Se acordaba también de que, tras la derrota republicana en la Guerra Civil Española, la JAE fue desmantelada. Para entonces, Pittaluga ya había abandonado el país. El fallecimiento de su maestro y amigo, Cajal —en 1934—, y la inestabilidad amenazante de un futuro incierto lo alejaron de España. Primero, en dirección a Francia. Luego, cruzando el Atlántico, para llegar a Argentina e instalarse definitivamente en La Habana, unos años después.
De las cenizas del recuerdo de la JAE y de parte de su estructura organizativa nació el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el CSIC. Y a partir de éste se gestaron otros logros, de manos de otros científicos y de otros anhelos de un futuro mejor. Pero esa es otra historia.
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