D. Pedro Uhalte Sevilla, comisionado de la exposición permanente en la Casa-Museo de Cajal recoge, y transcribe, los documentos originales de la concesión del Premio de Moscú a Don Santiago Ramón y Cajal, que tanto supuso para él, fue solicitada hace años a la Universidad de París -conocida como La Sorbona- por el alcalde de Petilla de Aragón, Venancio Murillo.
Don Santiago Ramón y Cajal. Premio de Moscú
Año 1900

“Extracto del Proceso Verbal del Consejo Municipal de la Ciudad de Moscú. Sesión del 10 de Junio de 1.897
XVIII—279.
-
Asignar una suma de 16.450 rublos para establecer un fondo cuyos intereses se destinarán a otorgar, en memoria del XII Congreso Internacional de Medicina, como premio para la mejor obra de medicina y de higiene.
-
Esta suma de 16.450 rublos se desafectará del crédito inscrito en el artículo 1º & XXIII y clasificado como artículo aparte en el capítulo correspondiente del presupuesto de los gastos de la Ciudad de Moscú de 1897.
Sesión del Ayuntamiento de Moscú
29 de julio de 1897

“Al Comité Ejecutivo del XII Congreso Internacional de Medicina…
En la sesión del Consejo Municipal del 29 de Julio, por resolución suplementaria, el Consejo establece:
1º) Asignar desde ahora una suma de 5.000 francos para la disposición del XII Congreso Internacional de Medicina de Moscú para otorgar el premio este mismo año.
2º) El premio de la ciudad de Moscú será otorgado al mejor trabajo científico en el campo de la medicina y de la higiene, o por los servicios excepcionales ofrecidos en la lucha por aliviar el sufrimiento de la humanidad.
Alegato II y III

Han sido elegidos: M. Virchow (Alemania), presidente; M. Fuch (Australia), M. Limpsow (Gran-Bretaña), M. Crocq (Bélgica), M. Bloch (Dinamarca), M. Robert (España), Sachs (Estados Unidos), M. Lannelongne (Francia), M. Homen (Finlandia) secretario, M. Pertrik (Hungria), M. Romiti (Italia), M. Ogaz (Japon), M. Lavista (México) M. Laache (Noruega), M.Ormellas (Portugal), M. Roth (Rusia), M. Kocher (Suiza), M. Van Fterson (Países Bajos), Herzikin (Suiza).
-
Este premio trianual otorgado por los congresos internacionales de medicina, ya sea al mejor trabajo sobre medicina o de higiene, ya por los servicios inminentes ofrecidos a la humanidad sufriente, se elevará a 5.000 francos, representando la renta al 4% por 3 años de un capital de 16.450 rublos donados por la ciudad.
-
El consejo entre otros, ha aprobado una suma suplementaria de 5.000 francos para otorgarlo desde este congreso.
-
El municipio de Moscú se reserva la capacidad de determinar las condiciones en los que se harán el desembolso de la suma fijada.
-
El Sr. Vichow propone que en éste congreso el premio de la ciudad de Moscú se otorgue al señor M. Henri Dunant, por los servicios ofrecidos a la humanidad, tras tomar parte en la fundación de la Cruz Roja.
-
La comisión acepta por unanimidad el proyecto sobre la manera en la que se determinará el premio en los futuros congresos.
-
El comité de cada congreso elige una comisión preparatoria, que reúne los antecedentes preliminares a la adjudicación del premio.
-
La comisión definitiva que elegirá al candidato para ser nombrado en una de las sesiones generales del congreso se constituirá de la siguiente manera.
-
Los presidentes honoríficos del congreso y de las secciones se reunirán en asamblea plenaria, a petición del presidente del congreso, y entre ellos nombrarán a un miembro de cada nación representada oficialmente en el congreso.
El comité se completará eventualmente de manera que cada sección tenga al menos un representan
Firmado: El Presidente de la comisión
Rudolf Virchow
El Secretario J. A. Homen”
XII Congreso Internacional de Medicina
BAJO LA ALTA PROTECCIÓN
De Su Majestad el Emperador Nicolás II
y
El Augusto Mecenazgo
de Su Alteza Imperial el Gran Duque Serge Alexandrovitch.
Moscú 19-26 de octubre 1897
COMITÉ EJECUTIVO……….…


Señor e ilustre maestro
Tengo el honor de dirigiros las actas concernientes al premio de la ciudad de Moscú; que será otorgado en el próximo congreso de París y en los sucesivos:
-
La traducción de la resolución del consejo municipal de la ciudad de Moscú dirigida al comité ejecutivo del XII congreso.
-
El dictamen del secretario General, concerniente a la constitución de una comisión encargada de otorgar el premio de la ciudad de Moscú al XII Congreso internacional de Medicina y la elaboración de los reglamentos referidos a la adjudicación de este premio a los Congresos. Este dictamen contiene también el relato detallado de la 1ª sesión de dicha comisión.
-
El relato de la 2ª sesión de dicha comisión.
Me permito además dirigiros la petición del comité ejecutivo de utilizar vuestra influencia para llevar a buen término y en el menor tiempo posible nuestra situación financiera al comité nacional francés; por lo que parece este comité habría puesto la gestión de los asuntos que tienen relación con el congreso en manos del Instituto Bibliográfico, dirigido por Marcel Bamdoain.
El mes de septiembre recibimos de este comité el estado de cuentas, cuya copia os enviamos adjunta. En su momento respondí al Instituto Bibliográfico que el Comité ejecutivo estará dispuesto a liquidar la cuenta
Para ello nos haría falta tener la suma que debemos al Instituto Bibliográfico por el comité francesa.
Le ruego sea condescendiente y nos ayude a que las actas y la suma restante nos las envíen lo antes posible.
Saludos.
El secretario general: Roth
Moscú 24 de octubre 1.897 Remitido al Profesor Lannelongue Valle Francisco I,3 Paris
Jeant Enry Dunant. Primer Premio de Moscú
Fue Jena Henry Dunant el primero que recibió el Premio de Moscú, siendo sus méritos su aportación en aliviar el sufrimiento de la humanidad.

Nació en Ginebra el 8 de mayo de 1828 y murió en Heiden, Suiza el 30 de octubre de 1910. Desde su infancia mostró vivo interés por los desgraciados, menesterosos, humildes y oprimidos. A los 20 años, pasa sus tardes de domingos visitando a los condenados en la prisión de Ginebra. En 1855 con sus amigos de París funda la Alianza Universal de las Unidades Cristianas de Jóvenes.
El 24 de junio de 1859, le impactó el gran número de muertos y heridos (40.000), en la batalla de Solferino entre franceses e italianos contra los austríacos. Con ayuda de los habitantes de las localidades vecinas atendió a las víctimas sin hacer ninguna discriminación. Su libro “Mis recuerdos de Solferino” tuvo gran impacto en la sociedad europea.
En 1863 fundo con otros amigos el “Comité Internacional de Socorro a los Heridos Militares”. Tras una intensa actividad se organizó la primera Conferencia Internacional de Ginebra, reuniendo a representantes de 16 países. En esa conferencia del 29 de octubre de 1863 nace la Cruz Roja. Trabajó intensamente a favor del arbitraje internacional, del desarme y de la paz.
En 1897 recibió el primer premio de la Ciudad de Moscu por sus méritos humanitarios. En 1901 se le concedió el premio Nobel de la Paz, junto a su amigo Frederic Passy por su lucha pacifista.
Don Santiago tiene el honor de recibir el segundo premio de la Ciudad de Moscú, aunque representa el primero que se otorga a un científico; mejor dicho, al científico que durante un periodo de tres años, sus aportaciones a la ciencia hayan sido las más destacadas.
En el año 1900, el XIII Congreso Internacional de Medicina se celebra en la ciudad de París. Recibida en la Universidad de la Sorbona la documentación con las recomendaciones para otorgar el premio de la Ciudad de Moscú, fue responsabilidad del profesor de la misma, el prestigioso científico Dr. Lannelongue, nombrado Presidente del XIII Congreso y de su secretario el Dr. Chauffard, organizar las sesiones necesarias con los distintos miembros de los países con representación en el congreso para otorgar el premio.
Carta de citación a los componentes del jurado que otorga el Premio de Moscú en el Año 1900

Primera Reunión para otorgar el Premio de Moscú en la Facultad de Medicina de París
6 de agosto de 1900

Atribución del Premio de Moscú
Proceso verbal de la primera Reunión, para la concesión del Premio de Moscú, tenida en la Facultad de Medicina de París el 6 de Octubre de 1900, a las 9 horas y ½ de la mañana, bajo la Presidencia de M. el Profesor Lannelogue.
A tenor del reglamento, transmitido por el XII Congreso Internacional de Medicina, MM. Los Presidentes de Honor del congreso y las secciones han sido convocados a esta reunión.
Están presentes MM. De Dominicis, A. Jacobi, Ziegler, Barthelemy Guizy, Pachoutine, His, Mislawsky, Gardner, de Schweinitz, Hartmann, Sir John Sibbald, A.R. Simpson, Burdon-Sanderson, Von Leube, Morisari, Beloyeff, Moll, G Retzius, Wysokowitch, S. Ottenghi, J.W. Pavy, Ch. Benné, C.A. Ewald, E. Centonni, Vleminckx, Julián Calleja, Jonnesco, Posner, Strassmann.
El Sr. Presidente expone las condiciones muy precisas en las que se ha de hacer la atribución del Premio de Moscú.
Una Comisión Francesa preparatoria ha celebrado varias sesiones; ella ha estado compuesta por la Mesa del Congreso:
MM. Lannelongue, Chauffard y Duflocq y los Miembros siguientes, MM. Bouchard, Bouilly, Brouardel, Dieu, Gariel, Le Dentu, Malassez, Nocard, Raymond, Rendu, Roux.
Los resultados del trabajo de esta Comisión serán comunicados posteriormente a la Comisión definitiva será la responsable de concedder el Premio.
De acuerdo con el reglamento de Moscú, esta comisión definitiva será formada de la forma siguiente.
Los Presidentes de Honor del Congreso y de Secciones, se reunirán en Asamblea plenaria bajo la solicitud del Presidente del Congreso y contara entre ellos un Miembro de cada Nación oficialmente representada en el congreso. Este Comité podrá eventualmente completarse, de manera de que cada sección tenga al menos un representante.
La Comisión definitiva posterior será constituida de la forma siguiente:
MM. Roth, Calleja, His, Burdon-Sanderson, Bouchard, Metchnikoff, Pertik (Otto), Ziegler, Del-Arca, Golgi, Tarnowsky, von Bergmann, Roux, Guisy, Jonnesco, Moll, Politzer, Pietkiewicz, Martin, Morisari, Vleminckx, Fonck, Risquez, Bojidar Paratsitch, Zolotovitch, Fraga, Bloch, Sir W. Hingston, Mendizabal, alf. Costa, Mita Militchevitch, Henschen, Schiotz.
Esta Comisión, según la elección de sus miembros, representa a todas las Secciones y a todas las Naciones que han tomado parte en el Congreso. Serán convocadas para el 8 de Agosto a las 9 horas y ½ de la mañana, en la Facultad de Medicina.
La Sesión se levanta a las 10 horas y ½.
Firman el Presidente y el Secretario General




Concesión del Premio de Moscú en París Año 1900
Proceso verbal de la segunda reunión, para la atribución del Premio de Moscú, que ha tenido lugar en la Facultad de Medicina de París el 8 de Agosto 1900, a las 9 horas ½ de la mañana, bajo la Presidencia de M. el Profesor Lannelongue.
La Comisión definitiva nombrada en la precedente reunión entra a deliberar.
Están presentes.
M. Jacobi, Calleja, von Bergmann, Ziegler, Schiotz,Oscar Bloch, Militchevitch, Piekeiwicz, Sir Dyce Duckworth, Henschen, Tarnowssky, Vleminckw, Morisani, Golgi, Mislawsky, Politzer, His, Burdon-Sanderson, Barthelemy Guizy, Otto Pertik, Moll, Roux (de Lausana), Chauffard, Secretario General, Duflocq, Tesorero del Congreso.
M. el Presidente expone los trabajos preparatorios de la Comisión francesa; ha indicado cuales han sido los dos o tres nombres que han sido propuestos.
Después de una discusión en la que han tomado parte MM. von Bergmann, Jacobi, Otto Pertik, Golgi, Calleja y His, la Comisión a emitido el voto sobre la atribución definitiva del Premio.
Con un total de 23 Miembros presentes, y de 23 votos emitidos, M Ramón y Cajal obtiene 14 votos, M. Metschnikoff obtiene 6 votos, y M. Pavlov obtiene 3 votos.
En consecuencia , el Premio fundado en 1897 por el Municipio de la Villa de Moscú es atribuido, el 8 de Agosto, a M. Ramón y Cajal.
M. Duflocq, Tesorero General del Congreso es el encargado de transmitir a M. Ramón y Cajal el montante del Premio.
Esta segunda atribución del Premio de Moscú sera enviada a la tercera Asamblea General del XIII Congreso Internacional de Medicina, a 9 de Agosto 1900.
La Sesión se levanta a las 10 horas ½.
El Secretario General
Los países representados son:
Alemania, Austria, Hungría, Dinamarca, España, Estados Unidos, Gran Bretaña e Irlanda, Italia, Rusia, Suecia, Briburgo Suiza, Bélgica, Nápoles, Italia, Lausanne, Gran Bretaña e Irlanda, Noruega, Leipzig Alemania.
Me imagino al representante español Dr. Julian Calleja, transmitir al interesado la noticia de la adjudicación del premio, como a las autoridades académicas y políticas.
Estoy convencido que fue el Dr. Calleja quien propagó, aunque no de mala fe, la unanimidad en otorgar el premio a favor de don Santiago y como revela claramente el acta, los otros dos candidatos, también recibieron 6 y 3 votos.
Este pequeño error, que se ha perpetuado hasta nuestros días, no quita un ápice a los merecimientos de Don Santiago; yo creo que, conociendo la forma de pensar de Cajal, que compartía sus distinciones de forma constante con múltiples científicos y con sus alumnos, hubiera sido un gran orgullo tener en la terna de “finalistas” a los que llegaron a merecer, como diría Don Santiago “andando el tiempo”, que sus trabajos de investigación fueran recompensados con el premio Nobel. Ivan Petrovic Paulov premio Nobel en el año 1904, Santiago Ramón y Cajal en 1906 y Iliá Méchnikov en 1908. Yo no conozco a tres “finalistas científicos”, aunque se trate de una gran distinción, que hayan llegado a merecer el Premio Nobel.

Ivan Petrovic Paulov. 1849-1936. Premio Nobel de Fisiología y Medicina en el año 1904. Nació en Riazan el 14 de septiembre de 1849. Estudió Medicina y Fisiología en la Universidad de San Petersburgo, donde obtuvo el doctorado. Realizó estudios con los profesores Heidenhain y Ludwig, siendo nombrado director de Fisiología del Instituto de Medicina Experimental de San Petersburgo. En 1904, se hizo merecedor del Premio Nobel por sus investigaciones sobre las glándulas salivales digestivas.

Elic Mectchnikoff 1845-1916 Premio Nobel de Fisiología y Medicina 1908 junto a Paul Ehrlich. Nació el 15 de Mayo en la ciudad rusa de Ivanoyka. Estudió en Huyesen, Gotinga y Munich. Obtiene la cátedra de Zoología de Odesa. Fue profesor de Anatomía comparada de la Universidad de San Petersburgo y en 1882 por motivos políticos abandona Rusia, trasladándose a Mesina, posteriormente a Viena y por último a París donde trabajó en El Instituto Pasteur desde 1888. Sus investigaciones versaron sobre la inmunidad y la fagocitosis.
Veamos cómo lo explica D. Santiago en su autobiografía:
El año de 1900 ocurrió un suceso que tuvo capital influencia en mi porvenir científico. El Congreso internacional de Medicina, reunido en París, tuvo la bondad de adjudicarme el importante y codiciado premio internacional (6.000 francos). Instituido por la ciudad de Moscú para conmemorar el Congreso médico celebrado pocos años antes en tal ciudad, dicho galardón debía otorgarse al trabajo médico o biológico más importante publicado en el mundo entero, durante cada trienio o intervalo entre dos Asambleas médicas. Y a propuesta del doctor Albrecht, de Viena, y con el voto unánime de los miembros del Comité directivo, se convino en galardonar con él mis modestas investigaciones. En la misma sesión acordose también celebrar en Madrid el siguiente Congreso de 1903.
Según refirieron testigos presenciales, el entusiasmo de los delegados y congresistas de los países latinos fue grande y sincero. Los plácemes a nuestros representantes oficiales y los vivas a España atronaban la sala. En nombre de nuestro país y de la ciencia española, el Dr. Calleja, balbuciente de emoción, pronunció elocuente y sentidísimo discurso de gracias. Fue casi —permítaseme lo excesivo del comentario— una fiesta cordial de la raza hispana; porque del inesperado triunfo se congratularon, con noble y profunda emoción, todos los congresistas de España y de las Repúblicas hispanoamericanas.
Cuando, allá por el mes de agosto de dicho año, sucedía esto en París, hallábame yo veraneando en mi recién construida casita de los Cuatro Caminos, prosiguiendo tranquilamente mis atrayentes exploraciones sobre la estructura cerebral. Aunque el hecho carezca de importancia, permítaseme explicar por qué escogí para la edificación de mi casa de campo un barrio pobre, habitado casi exclusivamente por obreros. Durante el otoño e invierno de 1899, mi salud dejaba harto que desear. Invadiome la neurastenia, acompañada de palpitaciones, arritmias cardíacas, insomnios, etc., con el consiguiente abatimiento de ánimo. Semejantes crisis cardíacas atacan frecuentemente a las personas nerviosas fatigadas, sobre todo durante esa fase de la vida en que declina la madurez y asoman los primeros desfallecimientos precursores de la vejez. Naturalmente, mis dolencias agriaron aún mi natural triste e hipocondríaco. Y, por reacción fisiológica y moral, acometiome violenta pasión por el campo. Todo mi afán cifrábase en disponer de quinta modesta y solitaria, rodeada de jardín, y de cuyas ventanas se descubrieran, de día, las ingentes cimas del Guadarrama, y de noche, sector celeste dilatadísimo, no mermado por aleros ni empañado por chimeneas. Aparte la ansiada ración de infinito, deseaba oponer a mi spleen, a guisa de contraste sentimental, la oleada de bulliciosa alegría que se desborda los domingos y tardes soleadas desde las guardillas de Madrid hasta los democráticos merenderos de Amaniel. Allí, lejos del tumulto cortesano, trabajaría a mi sabor durante los meses estivales, rodeado de árboles y flores y en medio de un vivero de animales de laboratorio. Allí, en fin, sumergido en aquella calma sedante, aplacaríanse mis nervios y tejería en paz la tela de mis ideas.
Poco hay que escoger en los alrededores de Madrid para nido de un espíritu romántico, enamorado de cuadros pintorescos. Sólo las frondosas hondonadas y las vertientes vecinas del puente de Amaniel, con espléndidas vistas a la Moncloa, al Guadarrama y a El Escorial, prometían adecuado marco a mi casita.
Compré, pues, en dicha barriada de los Cuatro Caminos huerta no muy extensa, y mandé construir modesta quinta, circundada de jardín, emparrado e invernadero liliputienses, escalonados en cuesta y expuestos al sol del Mediodía. Y procediendo a lo temerario, puse todos mis ahorros en la obra. Mi curación honró poco a la Farmacopea. Una vez más triunfó el mejor de los médicos: el instinto, es decir, la profunda vis medicatrix. Porque luego de instalado con la familia en la campestre residencia, mi salud mejoró notablemente. Al fin alboreó en mi espíritu, con la nueva savia, hecha de sol, oxígeno y aromas silvestres, alentador optimismo. Y, por añadidura, llovieron sobre mí impensadas satisfacciones y venturas.
Fue, pues, como decía antes, en mi modesto cigarral de Amaniel, situado en la calle de Almansa y frontero del canalillo, donde me sorprendieron el sentido telegrama de felicitación del doctor Calleja y las benévolas y generosas ampliaciones noticieriles de la prensa.
Grande fue mi alegría al recibir la fausta nueva, y más al advertir que la honra venía acompañada de algunos miles de francos, dádiva no despreciable para un bolsillo exhausto. Y quedaran colmadas las medidas del deseo, si deberes elementales de cortesía no me hubieran obligado a contestar a miles de telegramas de felicitación, tarjetas postales y cartas congratulatorias. Aquel chaparrón de plácemes —cordialmente agradecidos, naturalmente— duró más de un mes, obligándome a aplazar sine die mis favoritas ocupaciones y a exprimir ini pobre magín—casi vacío de fórmulas corteses—en aderezar, variar y matizar en lo posible las obligadas expresiones de agradecimiento y los inevitables alardes de modestia.
Entre las felicitaciones, debo recordar, por la calidad de sus autores, el sentido telegrama de S. M. la reina Cristina; la carta afectuosa del presidente del Consejo de Ministros, D. Francisco Silvela; la no menos cariñosa del ministro de Fomento, el mensaje del Ayuntamiento de Zaragoza, etc., etc. Ni es lícito pasar por alto los artículos encomiásticos de la prensa política y profesional. En mi memoria viven, con rasgos indelebles, la elocuente biografía escrita para el *Heraldo *por mi eminente compañero el Dr. Amalio Gimeno; la primorosa crónica de El Imparcial ofrendada por Mariano de Cávia, el maestro del buen decir y del patriótico pensar; los artículos laudatorios de El Liberal, La Época y La Correspondencia, etc.; y, en fin, cierto panegírico, tan entusiasta como cariñoso, inserto por mi amigo el doctor Márquez en un periódico médico.
Y omito la visita de Comisiones, los banquetes oficiales, los homenajes privados,1 los ágapes de los amigos. Aun pecando de prolijo, séame permitido mencionar todavía algunas distinciones y consagraciones oficiales. S. M. la Reina me agració, por iniciativa del Gobierno, con la Gran Cruz de Isabel la Católica, cuyas insignias costearon generosos los estudiantes de la Facultad de Medicina, en la cual, dicho sea de pasada, se celebró solemne sesión conmemorativa. Meses después se me concedía la Gran Cruz de Alfonso XII y se me nombraba consejero de Instrucción pública.
Pero el homenaje de que guardo más profundo agradecimiento fue la fiesta académica celebrada, meses después, en el paraninfo de la Universidad, con asistencia de los profesores y alumnos. En ella pronunciaron elocuentes y sentidísimos discursos el ministro de Fomento, que se dignó honrar el acto con su presencia; el rector, Sr. Fernández y González; y, en fin, D. Julián Calleja y D. Alejandro San Martín.
Mi ingénita cortedad sufrió entonces durísima prueba. Aquel chaparrón de elogios exagerados, en cuyo fondo latía noble sentimiento de patriótico regocijo, me emocionó profundamente. Previendo que, en tan arduo trance, mi corazón habría de paralizar mi pobre palabra, di las gracias en discurso escrito, que fue bastante celebrado y mereció la honra de ser reproducido, acompañado de agradables comentarios, por la prensa política y profesional.
He aquí los principales párrafos de esta oración, que reproduzco porque, además de contener algunos datos autobiográficos (motivos de mi actuación científica, etc.), reflejan con bastante fidelidad los anhelos fervientes de resurgimiento intelectual que el reciente infortunio nacional había despertado en la juventud universitaria española:
Señores: El homenaje tan cariñoso como sincero que el Claustro de la ilustre Universidad de Madrid, presidido por el jefe supremo de la enseñanza y dignísimo representante del Gobierno de S. M., ha querido rendirme en el día de hoy me coloca en un trance apuradísimo. La más elemental cortesía me obliga a mostrarme agradecido a la inusitada honra que me dispensáis; pero me impone también, con la obligación de contestaros, un sosiego de espíritu y una quietud del corazón, de todo punto incompatibles con la solemnidad del acto y su extraordinaria significación en mi vida profesional. Permitidme, pues, que en esta ocasión, rompiendo con la costumbre, para evitar la emoción paralizante de la palabra hablada, recurra a la palabra escrita. El cerebro turbado por la emoción es como el lago agitado por la tormenta: éste no refleja bien las estrellas del cielo y los árboles ribereños; aquél no acierta a traducir las ideas y los sentimientos surgidos en la mente. Existen, sin duda, ánimos de tal temple, que saben sentir y pensar a un tiempo; yo tengo, desgraciadamente, el cerebro esclavo del corazón, y sólo me permito pensar a hurtadillas de éste.
Sírvanme, pues, estas cuartillas de antifaz que oculta semblante demudado o descompuesto. Parapetado tras de ellas, os diré sin más preámbulos, que vuestros sinceros y entusiastas plácemes me llegan a lo más vivo e íntimo del alma, y que los inusitados testimonios de consideración y simpatía con que os habéis complacido en enaltecerme y confundirme, quedarán grabados perennemente en mi memoria, en el archivo de los recuerdos sagrados, junto a las placenteras memorias de la edad juvenil, y entretejidos con la imagen adorada de mi madre.
… Exageráis sin duda el alcance de mis trabajos y la fortuna de mi obra científica. No rayan tan alto ni van tan lejos como vuestra benevolencia imagina. Aunque bien se me alcanza que lo extremado de vuestros encomios encamínase a fin más alto: al premiar al modesto investigador de hoy, habéis querido, sobre todo, estimular la investigación científica del mañana. Con patriótica previsión os proponéis, sin duda, lo que podríamos llamar la ejemplaridad del aplauso.
Habéis cariñosamente aludido a lo singular de mis facultades y a lo peregrino de mis aptitudes para el cultivo de la Ciencia; y en todo ello habéis mostrado más bondad que justicia. No soy, en realidad, un sabio, sino un patriota; tengo más de obrero infatigable que de arquitecto calculador… La historia de mis méritos es muy sencilla: es la vulgarísima historia de una voluntad indomable resuelta a triunfar a toda costa. Al considerar melancólicamente, allá en mis mocedades, cuánto habían decaído la Anatomía y Biología en España y cuán escasos habían sido los compatriotas que habían pasado a la historia de la Medicina científica, formé el firme propósito de abandonar para siempre mis ambiciones artísticas, dorado ensueño de mi juventud, y lanzarme osadamente al palenque internacional de la investigación biológica. Mi fuerza fue el sentimiento patriótico; mi norte, el enaltecimiento de la toga universitaria; mi ideal, aumentar el caudal de ideas españolas circulantes por el mundo, granjeando respeto y simpatía para nuestra Ciencia, colaborando, en fin, en la grandiosa empresa de descubrir la Naturaleza, que es tanto como descubrirnos a nosotros mismos.
…Harto modestos son los lauros conquistados; mas si en algo los estimáis, bríndolos de todo corazón a la Universidad española, como ofrenda del discípulo reverente al alma mater , y con ese noble orgullo con que el soldado consagra a la Virgen, que le amparó en trances difíciles, el humilde trofeo ganado en playas remotas.
Y bien miradas las cosas, os devuelvo lo que en justicia os pertenece. Hijo soy de la Universidad; a ella le debo lo que sé y todo lo que valgo; ella me enseñó a amar la Ciencia y a reverenciar a sus cultivadores: ella me guió y alentó en mis primeros ensayos experimentales, ofreciéndome generosamente, en la medida de sus pobres recursos, los medios materiales para mis trabajos; ella, en fin, al mostrarme un pasado espléndido y glorioso al través de un presente poco consolador, sugiriome la inquebrantable resolución de consagrar mi vida a las tareas redentoras del laboratorio, para reanudar, en suma, hasta donde mis fuerzas alcanzaran, la casi olvidada tradición de originalidad de la Medicina patria.
Afortunadamente, la Universidad española de hoy siente ya ansias de vida y de renovación, y desea caminar resueltamente por la vía del progreso. Revélase en algunos de sus maestros, atenidos antes a su misión meramente docente, loable emulación por sacudir la tutela intelectual extranjera, y por cooperar, con propio y personal esfuerzo, a la conquista pacífica de la Naturaleza y del arte. Por fortuna, nuestras aulas, calificadas más de una vez de fortalezas de la tiranía de los textos y de la rutina del pensamiento, se han abierto ya al oreo vivificador del espíritu crítico y del pensar universal, y en ellas brilla con luz propia lucida pléyade de estadistas, científicos, humanistas y literatos ilustres.
Prosigamos todos con ardor creciente en esta tarea salvadora; trabajemos para que la Universidad sea lo que debe ser: tanto fábrica de ideas como foco de educación y cultura nacionales. Hoy más que nunca urge este supremo llamamiento al heroísmo del pensar hondo y del esfuerzo viril. Me dirijo a vosotros, los jóvenes, los hombres del mañana. En estos últimos luctuosos tiempos la patria se ha achicado; pero vosotros debéis decir: «A patria chica, alma grande». El territorio de España ha menguado; juremos todos dilatar su geografía moral e intelectual.
Combatamos al extranjero con ideas, con hechos nuevos, con invenciones originales y útiles. Y cuando los hombres de las naciones más civilizadas no puedan discurrir ni hablar en materias filosóficas, científicas, literarias o industriales, sin tropezar a cada paso con expresiones o conceptos españoles, la defensa de la patria llegará a ser cosa superflua; su honor, su poderío y su prestigio estarán firmemente garantidos, porque nadie atropella a lo que ama, ni insulta o menosprecia lo que admira y respeta. He nombrado a la patria y deseo que, en tan solemne ocasión, sea ésta la última palabra de mi desaliñado discurso. Amemos a la patria, aunque no sea más que por sus inmerecidas desgracias. Porque «el dolor une más que la alegría», ha dicho Renan. Inculquemos reiteradamente a la juventud que la cultura superior, la producción artística y científica originales constituyen labor de elevado patriotismo. Tan digno de loa es quien se bate con el fusil como el que esgrime la pluma del pensador, la retorta o el microscopio. Honremos al guerrero que nos ha conservado el solar fundado por nuestros mayores. Pero enaltezcamos también al filósofo, al literato, al jurista, al naturalista y al médico, que defienden y afirman enérgicamente en el noble palenque de la cultura internacional el sagrado depósito de nuestra tradición intelectual, de nuestra lengua y cultura, en fin, de nuestra personalidad histórica y moral, tan discutida y a veces tan agraviada por los extraños.
En aquella ocasión, la prensa, siempre buenísima conmigo, prestome servicio inestimable. En sus bondadosos elogios, exageró, sin duda, la penuria de mis medios instrumentales, y la desproporción entre mis recursos económicos y los resultados obtenidos. En todo caso, sus campañas, tanto más agradecidas cuanto más espontáneas, crearon cierto estado de opinión, recogido diligente y generosamente por el Gobierno de D. Francisco Silvela, quien propuso al Consejo de Ministros, después de consulta deferente con el interesado, la fundación de un Instituto de Investigaciones científicas, donde el humilde laureado de París pudiera desarrollar ampliamente y sin cortapisas económicas sus trabajos biológicos. Singularmente entusiastas del pensamiento mostráronse, y así me lo manifestaron, el ministro de Instrucción pública, García Alix, y F. Villaverde, a la sazón encargado de la cartera de Hacienda.
Decidido el Gobierno a realizar prontamente el pensamiento, tramitose inmediatamente la indispensable consulta al Consejo de Estado —las Cortes estaban cerradas— y se consignaron para la compra de material e instalación del laboratorio 80.000 pesetas, dejando para las Cortes la legalización del proyecto, así como la aprobación de los créditos de material y personal. Con verdadera munificencia fijó el Sr. Silvela la gratificación del director en 10.000 pesetas, cifra excesiva que, a mis ruegos, fue rebajada por el conde de Romanones, sucesor del Sr. García Alix, cuando en 1001 subió al poder la situación liberal. Obtenida la sanción de los Cuerpos Colegisladores, el nuevo centro de estudios, designado Laboratorio de Investigaciones biológicas, instalose provisionalmente en un hotel de la calle de Ventura de la Vega. Meses después, y por iniciativa del nuevo ministro de Instrucción pública, trasladose definitivamente al Museo del Dr. Velasco.
Excusado es decir que la creación del referido laboratorio satisfizo plenamente mis aspiraciones. Sobre proporcionarme instrumental copioso y modernísimo enjugó el *déficit *que, no obstante los recursos de la Facultad y la generosidad del Dr. Busto, me ocasionaban la compra de libros y Archivos científicos, y sobre todo la publicación de mi Revista trimestral, de que vino a ser continuación el nuevo Anuario titulado Trabajos del Laboratorio de Investigaciones biológicas. Excelente papel, grabados y litografías sin tasa, extensión ilimitada del texto en proporción con el original disponible, fueron las ganancias materiales logradas, y como provechos docentes la colaboración de cada día más intensa y reiterada de algunos ayudantes y discípulos. Séame lícito notar que en los citados *Trabajos *creados en 1902, han visto la luz hasta hoy (1923) más de 350 monografías originales, lo que me da el derecho y la satisfacción de pensar que el sacrificio hecho por el Estado no ha sido estéril para el progreso de la Ciencia y el crédito de España en el extranjero.
Cajal > Recuerdos de mi vida > Sumario > Segunda parte, XVIII
Comentario de Don Pedro Uhalte, sobre la concesión del Premio de Moscú
Siempre Don Santiago habla con pasión y gran emoción de los países latinoamericanos. De ellos recibió múltiples nombramientos honoríficos y distinciones; en su Instituto de Investigaciones Biológicas se formaron muchos especialistas en Histología que ocuparían las cátedras en sus Universidades de origen. No dudo que los representantes de los países hispanos en el Congreso de París de 1900, recibieran esta distinción con noble y profunda emoción, pero entre los delegados con voto, no descubro yo apellidos de aquellas tierras.
El premio de Moscú tenía una dotación económica de 6.000 francos, cantidad nada desdeñable y menos para Don Santiago que pocos meses antes se había construido una casa de campo en Cuatro Caminos, en la calle Almansa.
Según nos comenta en “Historias de mi labor científica”, fueron miles las felicitaciones; empezando por S. M. la Reina Cristina, Presidente del Consejo de Ministros Don Francisco Sílvela, del ministro de Fomento, Ayuntamiento de Zaragoza etc. Se escribieron honrosos artículos e incluso pequeñas biografías en el Heraldo de Aragón. El Imparcial, El Liberal, La Época, La Correspondencia y El Diario Médico principalmente.
Entre las condecoraciones destacan la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Gran Cruz de Alfonso XII y el nombramiento de Consejero e Instrucción Pública.
Pero la decisión más importante para el devenir científico de Cajal y su obra, fue la fundación del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, que aprobó el Consejo de Ministros presidido por Don Francisco Silvela. Su ubicación definitiva fue en una de las plantas del Museo Velasco. Según nos dice Don Santiago, la dotación para la compra de material fue de 80.000 pesetas y ya se atenuaron los problemas para publicar sus trabajos y los de sus discípulos y colaboradores, bajo el título de Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas. Como dato curioso, dejo reflejado que el sueldo del director, naturalmente de Don Santiago, se cifró en 10.000 pesetas anuales, cantidad que él creyó excesiva y redujo a 6.000 pesetas.

Comentarios
Para activar los comentarios: ve a giscus.app, introduce el repositorio
joseadserias-dotcom/cajal-digitaly reemplaza los IDs ensrc/layouts/Articulo.astro.