Tercer artículo escrito bajo el seudónimo de Doctor Bacteria. Santiago Ramón y Cajal sorprendía a los lectores de La Clínica - Semanario de Medicina, Cirugía y Farmacia, en la serie de artículos de divulgación que denominó Las Maravillas de la Histología.

Al emborronar estas cuartillas tengo ante mí los precitados artículos. Perdone el lector mi vanidad senil si declaro que ahora, pasados treinta y nueve años, hallo algún solaz en leer estas fogosas expansiones científico-literarias. Dejando a un lado exageraciones de pensamiento e incorrecciones de forma, transciende de ellas algo como un aroma confortador de confianza juvenil y de fe robusta en el progreso social y científico. Hallo también atrayente cierto sentimiento de curiosidad frescamente satisfecha, y un fervor de pasión hacia el estudio de los arcanos de la vida, que en vano buscaríamos hoy en los escritos primerizos de la ponderada, ecuánime, circunspecta y financiera juventud intelectual.

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ZARAGOZA, 12 DE AGOSTO DE 1883.

LA TEORÍA CELULAR

Artículo II

Hay especies orgánicas, tribus celulares singularmente lozanas y vigorosas, como las células blancas de la sangre y los corpúsculos conjuntivos, que viven en la más primitiva y salvaje desnudez, los más y sin echar menos la honesta y diáfana envoltura de la célula grasienta o el tupido abrigo del habitante del cartílago. Hay más; en la jerarquía orgánica, donde los seres se hallan dispuestos en escalafón por rigurosa antigüedad, figuran individuos tan novatos y sencillos en el ejercicio de las actividades vitales, tan modestos y humildes en su porte, que, no solo carecen de envoltura, sino que hasta viven exentos de núcleo y nucleolo; razas anárquicas e inciviles que prefieren las asperezas y poquedades de la vida solitaria a las abundancias y sacrificios de la vida social.

Entre estos miserables organismos pueden citarse el lepocitodo y gimnocitodo, los zoosporos de las algas, y preferentemente, ese extraño ser llamado Bathybius Haeckeli, y descubierto por Husley en las grandes profundidades del océano.

Este último mencionado organismo, por carecer de todo, carece hasta de personalidad, y está constituido por una masa mucilaginosa sin forma fija ni limitación constante en el espacio, sin estructura interior apreciable al microscopio, que cubre como blanda y viviente alfombra los sedimentos máximos; y, no obstante, sencillez tan extremada, se nutre, se mueve y reproduce cual los seres más perfectos y elevados.

Puede considerarse el Bathybius como la encarnación más humilde de la vida, como el postrer esfuerzo de la simplificación y de la abstracción morfológica y dinámica. En él la naturaleza se ha propuesto rechazar todo adorno superfluo, toda complicación inoportuna, todo lo que no sea estrictamente necesario para la realización de la vida; sin duda para que, así despojada de los brillantes atavíos conque se revela en las organizaciones más altas, podamos fácilmente descubrir sus leyes y sus propiedades fundamentales, sin perdernos en ese dédalo de formas accesorias, de manifestaciones fisiológicas infinitas, característicos de la animalidad que entorpecen el análisis, y que, en definitiva, deben considerarse como secundarios accidentes estructurales, como simples disposiciones de perfeccionamiento.

Esas formas orgánicas primitivas representan el bosquejo ideal, la ejecución completa del grandioso cuadro de la naturaleza viva. La copiosidad del detalle y la magia del colorido vendrán más adelante, cuando el Supremo artista lo complete enriqueciéndole con el vegetal y el animal, hermoseándolo y ennobleciéndolo con el hombre, su última y más bella construcción; pero la savia fundamental, el verbo creador ya palpitaba allí en los primeros lineamientos del cuadro, en el tosco bosquejo del citodo y del Bathybius.

Al considerar el comienzo de la cadena de la vida, cuyo primer anillo es el Bathybius, la imaginación se pierde en espesísima niebla, niebla solo a trechos rasgada en estos últimos tiempos por la atrevida doctrina de la evolución.

Según esta doctrina el Bathybius representa en el mundo orgánico la nebulosa primitiva caótica, que en la hipótesis cosmológica de Kant originó los astros, arrojando al espacio infitos anillos, gérmenes de futuros universos. Quizás esa forma primera, madre universal de las demás, tenga su origen no en la grosera conjunción de los gérmenes sino en la misteriosa conjunción de los átomos de oxígeno de azoe, de hidrógeno y de carbono, que allá por los tiempos en que el planeta acababa de enfriarse conservando el fuego creador en sus entrañas se dieron cita en los senos oscuros de las aguas solicitados por los ciegos impulsos de la afinidad química.

Todo esto son vanas imaginaciones, lo confesamos sin rebozo, pero ¿quién sabe si la ciencia que confirma a veces los mayores aparentes absurdos llegará a confirmarlas también? ¿Quién sabe si los sabios del porvenir demostrarán algún día que el génesis de la vida que las tradiciones de los pueblos nos pintan con poéticos colores anunciándonos que se realizó a impulsos de la voluntad libérrima de un Creador omnipotente sobre el grandioso teatro de una naturaleza virgen, bajo los rayos de un sol joven y como nunca radiante y acompañado de los hosanas de los ángeles y querubines, quién sabe, repito, si demostrará la ciencia que aquel tuvo lugar en más humilde teatro, en los oscuros senos del profundo océano, sin más protagonista que los átomos con su vago bullir y palpitar, sin más testigo que las fuerzas físico-químicas?

Mas apartando ociosas cavilaciones, volvamos a nuestro asunto. Decíamos que la simplicidad y descentralización de la vida alcanzaban el último límite en el citodo y el Bathybius, y que no obstante su simplicidad, a pesar de carecer de núcleo y de cubierta, estos seres llenan perfectamente sus necesidades, y desempeñan actos, y poseen virtualidades en substancia idénticos a los que no ya las células sino los más nobles y elevados organismos desempeñan.

De lo anteriormente expuesto se deduce cuánto más correcto sería sustituir la denominación celular por la designación protoplasma, o elemento orgánico, trocando el nombre de teoría celular por el más exacto de teoría protoplasmática, ya que de los elementos que integran y concurren a la construcción de la célula solamente es esencial el protoplasma.

Porque esta innovación se introduzca en el lenguaje, la teoría no pierde nada de su dignidad y generalidad; que no se altera la unidad de composición de los seres porque se afirme que el material de construcción está representado, unas veces, por tosca e informe arcilla sin modelar, otras, por el ladrillo moldeado y con forma típica y constante, y, otras, por el ladrillo hueco, (permítase la expresión) diferenciado y relleno de nuevas sustancias que le proporcionan más solidez y coherencia.

¿Qué es, pues, la célula en puridad?’ La célula es un organismo, y, como tal, posee fases evolutivas: infancia, adolescencia y ancianidad. La niñez del elemento orgánico se halla simbolizada en aquel tan sencillo estado estructural, que solo se nos revela bajo la forma de un pedazo de protoplasma, sin núcleo ni envoltura. La edad de la adolescencia se anuncia por la creación de un núcleo y nucleólo.

Bajo esta dichosa edad, la robustez del elemento es, digámoslo así, exuberante; representa la época en que la vida sobra y en que por tanto se da; la juventud, con sus voluptuosidades y entusiasmos.

Por último, la vejez se da a conocer en el elemento orgánico por la aparición de una envoltura. Con el fuego de la juventud huyeron también las aptitudes genéricas, y el protoplasma, falto de alimentos y energía, se ve invadido por sustancias extrañas. La grasa, la cal, los uratos, etc., en las células animales, la grasa, el almidón, las células a la clorofila, en las vegetales, hacen presa del protoplasma decrépito y le precipitan en lamentable ruina hasta que, arrugado y enano, con la piel dura y apergaminada como el cutis del anciano, reducido a triste caricatura, según la frase del inolvidable Hartzembuch, el protoplasma se disuelve y sus restos mortales son aprovechados para la nutrición general.

Estas fases, rápidamente descritas, no son invariablemente recorridas en su trayectoria vital por todos los elementos orgánicos.

(Continuará.)

Dr. Bacteria

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