Quinto artículo escrito bajo el seudónimo de Doctor Bacteria. Santiago Ramón y Cajal sorprendía a los lectores de La Clínica - Semanario de Medicina, Cirugía y Farmacia, en la serie de artículos de divulgación que denominó Las Maravillas de la Histología.

ZARAGOZA, 23 DE SEPTIEMBRE DE 1883.

LA TEORÍA CELULAR

Artículo IV

IRRITABILIDAD

Resulta de lo expuesto, que los organismos son asociación, en partes iguales o desiguales, de sustancias muertas y materias vivas. Y ahora se precisa resolver otra cuestión. ¿Cuál es el criterio que sirve al biólogo para distinguir lo vivo de lo muerto, el protoplasma creador de las materias creadas? Este criterio es lo que, en la jerga patológica, ha tiempo se conoce con la palabra irritabilidad.

*Irritabilidad *es la aptitud que los protoplasmas poseen de reaccionar, entrando en función, bajo la provocación de los estímulos exteriores. Dicha propiedad en actualidad o en ejercicio se llama irritación.

Este supremo atributo, propiedad irreductible del protoplasma, no falta en ninguno de los seres orgánicos cualquiera que sea su jerarquía, y constituye el reactivo por virtud del cual se distinguen los cuerpos muertos de los cuerpos vivos.

Guardémonos bien de suponer que, aquella reacción de la materia viva, en presencia de las variaciones del medio, es un impulso espontáneo engendrado por un principio interior de acción, y con independencia de los excitantes. Tanto valdría afirmar la libertad absoluta de los seres orgánicos. No. La vida no es una fuerza, ni un principio, es un conflicto entre dos factores necesarios, el medio y el protoplasma. Cuando uno de ellos falta, o gravemente se perturba, la vida desaparece. El medio ambiente se halla sometido a vaivenes y fluctuaciones continuas que despiertan las durmientes actividades del protoplasma, que oprimen, digámoslo así, los muelles de la máquina orgánica para que entre en acción. Sin ese continuo despertador, sin los rudos ataques de las fuerzas físico-químicas la vida se aniquilaría en el silencio. Los cuerpos vivos son aparatos delicados que viven de las exteriores energías y se nutren de los trastornos del ambiente, reflejándolos bajo las normas más varias y delicadas. Producto de energías exteriores son la palabra que brota de nuestros labios y el pensamiento que vibra en nuestro cerebro; pero productos sublimados, quinta-esenciados por el trabajo sutil del protoplasma, que los tomó de las fuentes del mundo exterior bajo la forma de grosero movimiento, y los devuelve transfigurados en el más grandioso fenómeno del cosmos.

En tiempos no muy remotos, la vida se consideraba como una lucha titánica, como un duelo terrible entre un principio interior, fuerza vital, espíritu, arqueo, y las fuerzas brutas de la naturaleza. Lucha tenaz, epopeya grandiosa que se desarrollaba sobre el inmenso teatro del planeta, y en la cual, el organismo, acosado y estrechado por todas partes, sucumbía al fin, pero sembrando antes, a manera de venganza póstuma, nuevos gérmenes de vida que renacían pujantes sobre las cenizas de sus progenitores, y entre los despojos de la batalla.

No, ciertamente. La vida no es una lucha, es una armonía: no es una epopeya, sino un idilio: es una continuada transacción entre las condiciones interiores y exteriores, no un duelo a muerte entre dos principios antagonistas.

La ciencia moderna está destinada hoy a suavizar antagonismos, a cicatrizar heridas, a estrechar distancias creadas entre los seres por una filosofía natural estrecha y egoísta. El abismo que mediaba entre el hombre y el animal ha sido cegado por el darwinismo. La barrera infranqueable que se levantaba entre el animal y la planta ha sido borrada con el fecundo y luminoso descubrimiento del reino de Ios protistas. Hasta el mundo inorgánico, mirado hasta aquí con olímpico desprecio, está en camino de unirse en eterno abrazo al mundo de la vida, merced al hallazgo de los organismos monocelulares y del misterioso Bathybius, y, bien puede afirmarse, todas estas fronteras serán arrasadas para siempre cuando la química, ciencia del porvenir, establezca el lazo mecánico-causal que une las propiedades físico-químicas del protoplasma con las de orden vital u orgánico.

Decíamos que el protoplasma al obrar carece de libertad y espontaneidad; que con pretensiones de libre es un miserable esclavo del medio del cual recibe, como el siervo del amo, el alimento y la fuerza. Y añadiremos, ahora, que el mismo choque exterior que hiere la superficie del protoplasma agitando su misterioso esqueleto de plastídulas y granulaciones es el que, reflejado, emerge en forma de movimiento nutritivo unas veces, de reacción motriz en otras. A semejanza de las máquinas,de la industria, el animal no crea fuerza, sino que la refleja y la transforma.

La *irritabilidad *es el resultado mecánico de la estructura y de las propiedades químicas del protoplasma. La reacción en presencia de los excitantes constituye su función propia, la causa final de la máquina de la vida. Pero la irritabilidad se manifiesta de varias maneras. Unas veces reacciona apoderándose de los materiales alimenticios que le rodean; otras actúa poniendo en juego aquella actividad que es propia en el elemento orgánico; y, en ocasiones, responde a los estímulos engendrando nuevos protoplasmas; por manera que resultan tres modalidades de irritabilidad: nutritiva, generativa y funcional, designaciones empleadas por Virchow para caracterizarlas.

No haremos aquí la crítica de esta clasificación, duramente combatida por histólogos de nota; la índole de este trabajo no consiente tales desarrollos. Bastará, para nuestro objeto, que sepamos que la modalidad nutritiva se confunde siempre con Ia funcional, y que, en el terreno de la realidad, las varias reacciones celulares se identifican en un todo fisiológico. Más, como convendrá seguir un orden en la exposición de las propiedades dinámicas del protoplasma, nosotros adoptaremos la siguiente división que nos parece más lógica: Irritabilidad vegetativa, irritabilidad de la vida de relación, e irritabilidad generativa. Dentro de la modalidad vegetativa caben todas las reacciones que se subordinan a la nutrición y a la actividad funcional, y bajo la sección segunda se comprenden esas elevadas actividades, la sensibilidad, el movimiento, la memoria, comunes a todos los protoplasmas, si bien en grado distinto, y que tienden a la relación a la célula con el mundo que la rodea.

DIVISION DEL TRABAJO

Hemos declarado que todos los protoplasmas eran susceptibles de nutrirse, de moverse, de sentir y de reproducirse, o, en otros términos, que las modalidades de la irritabilidad son comunes a los bioplasmas así animales como vegetales. Y, ahora, debemos consignar que, si bien la célula es capaz de desempeñar toda suerte de actos funcionales, cada una se entrega a un género de trabajo con preferencia a otro, escogiendo la actividad para la que se halla especialmente organizada. El resto de las funcionalidades cardinales quedan oscurecidas, más no aniquiladas, por aquel trabajo especial, que puede considerarse como la profesión del elemento orgánico.

Por ejemplo, la célula muscular, siquiera no haya perdido las demás modalidades irritatorias, la nutrición, secreción, generación, respiración, etc., se ha educado y diferenciado expresamente para ejecutar la reacción del movimiento. De igual manera, el protoplasma glandular, sin haber olvidado ningún atributo fisiológico, ha cultivado y perfeccionado el de la creación de principios inmediatos, grasa, fermentos, etc., abandonando el ejercicio de las demás actividades a otras familias celulares que sienten particular vocación para realizarlas. La diferenciación anatómica y la división del trabajo fisiológico han dividido, la sociedad vital en dignidades y categorías, en carreras y profesiones encopetadas e ilustres unas, humildes y pedestres otras, a pesar de que todas las células son originariamente iguales morfológica y dinámicamente. Mas no se crea por esto que las profesiones vitales consistan en el ejercicio de actividades nuevas y originales, resultan al contrario del mejoramiento y exageración de aquellas propiedades vitales que, en estado confuso y rudimentario, albergan todos los protoplasmas.

Se ha comparado el organismo de los animales y vegetales a vastos estados sociales, en los que la centralización administrativa y política ostenta todos los grados entre la república y la monarquía. El vegetal es una república celular. La división del trabajo se halla perfectamente establecida, y la centralización política alcanza un grado notable, pero no tanto que los protoplasmas separados del cuerpo social no puedan, a veces, sobrevivir ocurriendo, por si mismos a todas sus necesidades. El animal, y, sobre todo, el mamífero es una monarquía absoluta en donde la absorción del individuo en el estado, la centralización política y la división del trabajo han arribado al colmo de la perfección. La subordinación de los individuos a la comunidad es tal que, si una especie orgánica celular enferma o sucumbe, padece o se aniquila la asociación entera. El gobierno superior, que armoniza tantas actividades diversas haciéndolas converger en solo un foco, el de la conservación del individuo y de la especie, lo ejerce la gigante y poderosa raza de las células nerviosas que forman asociadas un órgano rey, el centro cerebro-espinal.

Los animales policelulares como *la hidra de agua, *simbolizan el régimen patriarcal de las tribus y el estado salvaje, la vida errante y vagabunda de los primeros *troqloditas, *tiene su representación en los animales constituidos de un solo protoplasma, *el amebo *y el citodo.

Todas las medias tintas suaves, todas las fases de transición que median entra el régimen democrático y el absoluto, pueden fácilmente estudiarse en los anillos orgánicos que enlazan el mamífero y la monera.

Por nuestra parte, si no temiéramos abusar de los símiles, propondríamos uno que explica, quizás mejor que ningún otro, el engranage y recíproca dependencia en que viven los elementos orgánicos por virtud de la división del trabajo fisiológico.

Imaginenios una ciudad populosa edificada no de cal y canto, sino de huesos y ternillas, de carnes y de sangre, cuyo vasto recinto está cruzado por calles innumerables, y rodeado de una doble muralla de protección. Los moradores de esta ciudad son las células, las viviendas están representadas por las cápsulas celulares y las cavidades esculpidas en las materias amorfas, las calles son el árbol vascular sanguíneo-linfático, los muros los forman la doble barrera del epidermis y el alcantarillado lo constituye el intestino. La ciudad se halla dividida además en varios cuarteles o barrios, en cada uno de los que habitan ciudadanos pertenecientes a un mismo gremio profesional.

Los soldados de la vida al servicio de la ciudad son las fibras musculares agrupadas en batallones compactos, dispuestos en formación correcta, atentos siempre á las órdenes del gobierno central para movilizarse y rechazar toda suerte de agresiones.

El gremio de los comerciantes está representado por las células epiteliales del intestino, que introducen en la ciudad las primeras materias de la vida y reglan los cambios entre el medio interior y el exterior.

El servicio de policía, de aereación y Iimpieza está confiado a la solicitud de las células glandulares del pulmón, del riñón, del hígado y sudoríparas, las que, para facilitar la extracción de sus produc­tos, habitan ya a orillas de la gran alcantarilla intestinal, ya en los lindes de la ciudad.

La sangre representa el criado oficioso que acopia, por intermedio de los epitelios comerciantes, en las fuentes del mundo exterior el alimento preparado que servirá en familia, domicilio, a cada habitante de la ciudad. Y no cesa aquí su utilidad, sino que, como nuestros domésticos, ella limpia y baldea las calles y viviendas, recoge cuidadosamente los despojos del festín de la célula, y las inmundicias del protoplasma, poniéndolas a disposición de la muy noble clase de barrenderos públicos, es decir de las células glandulares excrementicias.

El cráneo es el palacio del gobernador de la ciudad, cuyas cámaras y salones ocupan lucida corte de células nerviosas. El delicado ministerio de velar por el bien del país, corre a cargo de esos conspicuos protoplasmas, que se enorgullecen de pertenecer a la noble estirpe del epitelio córneo, y cuya morada se alza en lo más alto de la ciudad, dominando todos sus arrabales y alrededores. A fin de que el poder central pueda tener conocimiento al instante de las novedades que en la ciudad ocurran, las calles y plazas, los muros y las viviendas todas están unidas a la oficina central por riquísima red telegráfica, dos poderosos aparatos telefónicos y dos cámaras oscuras fotográficas. Estos últimos mecanismos son los sentidos del oido y de la vista; vigías que atisban desde los puestos avanzados de la muralla los movimientos del medio y las incursiones; y amenazas de los estados comarcanos.

Y así como en una ciudad la huelga de una clase entera de ciudadanos, por ejemplo: los panaderos, fabricantes, comerciantes, soldados, etc., cuyas funciones son indispensables a la comunidad, causa el desequilibrio general y acarrea frecuentemente la ruina de todos, pues por virtud de la división del trabajo nadie sabe ejercer el oficio de los huelguistas, de igual manera, en la ciudad orgánica, la enfermedad, es decir, la huelga forzosa del músculo del nervio, de la glándula o de la sangre, originan serios conflictos sociales que pueden llegar hasta la ruina total de la organización.

(Continuará.)

Dr. Bacteria

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