Dedicado a D. Antonio Arias, nuestro Nobel de la Contratación y el Servicio Público.
Toda obra excelsa, en Arte como en Ciencia, es el resultado de una gran pasión puesta al servicio de una gran idea.
Santiago Ramón y Cajal
Introducción: Un Nobel para la Cuestión de Nuestro Tiempo
En la vasta cronología de la humanidad, el paisaje económico fue, durante milenios, un océano en calma chicha, definido por una realidad austera e inmutable: el estancamiento. A pesar de las olas esporádicas de ingenio y el ascenso y caída de grandes imperios, la condición material de la persona promedio permaneció anclada. Pero hace aproximadamente dos siglos, algo sin precedentes agitó esas aguas. En un rincón de Europa Occidental, se desató un proceso de crecimiento económico sostenido y autorreforzado, un maremoto histórico que desde entonces ha rescatado a miles de millones de la pobreza extrema y ha erigido los cimientos de la prosperidad moderna. Comprender los orígenes, la anatomía y la delicada fisiología de este milagro moderno sigue siendo la pregunta más trascendental de la ciencia económica.
El Premio Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel de 2025 aborda esta cuestión capital con una claridad monumental, otorgando el galardón a tres eruditos cuyo trabajo colectivo ofrece la cartografía más completa hasta la fecha: Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, “por haber explicado el crecimiento económico impulsado por la innovación”. La Real Academia de las Ciencias de Suecia, con esta decisión, ilumina una verdad profunda: la clave de la prosperidad no reside en la mera acumulación de capital o trabajo, sino en la marcha incesante y a menudo turbulenta de las nuevas ideas.
El premio es, en sí mismo, una declaración sobre la necesaria simbiosis entre la historia, la cultura y la teoría económica para descifrar nuestro mundo. Se divide en dos mitades, como dos hemisferios de un mismo cerebro intelectual. Una mitad se concede a Joel Mokyr, historiador económico de la Universidad Northwestern, “por haber identificado los prerrequisitos para el crecimiento sostenido a través del progreso tecnológico”. La obra de Mokyr es una excavación arqueológica en el profundo suelo histórico y cultural —las condiciones intelectuales e institucionales específicas— que abonaron el terreno para la Revolución Industrial. La otra mitad se otorga conjuntamente a Philippe Aghion, del Collège de France e INSEAD, y a Peter Howitt, de la Universidad de Brown, “por la teoría del crecimiento sostenido a través de la destrucción creativa”. Inspirados en la visionaria intuición de Joseph Schumpeter, Aghion y Howitt construyeron el riguroso motor matemático que describe la fisiología de este crecimiento: un ciclo perpetuo donde la innovación, al nacer, destruye lo antiguo, generando progreso y conflicto a partes iguales. Mokyr, en esencia, nos revela por qué se encendió la llama de la innovación; Aghion y Howitt nos detallan la bioquímica de su combustión.
Este galardón conjunto a un historiador económico y dos teóricos matemáticos es un acto intelectual deliberado y profundo. Busca suturar la antigua escisión en la economía entre las explicaciones “blandas” —históricas y culturales— y el modelado cuantitativo “duro”. La propia sorpresa de Mokyr —“¿Están bromeando? Soy un historiador económico. Nosotros no ganamos Premios Nobel” — subraya la magnitud de esta unificación. La decisión del Comité Nobel sugiere un nuevo consenso: los modelos matemáticos, desprovistos de contexto histórico, son estructuras vacías; las narrativas históricas, sin un andamiaje teórico riguroso, carecen de poder explicativo. El premio es un canto a un enfoque más holístico, a una ciencia económica que, como la histología de Cajal, comprende que la función de un tejido solo puede entenderse a través de su estructura detallada y su historia evolutiva.
El Premio de 2025, por tanto, marca un punto de inflexión. Eleva el conocimiento, la cultura y el tumultuoso proceso de “destrucción creativa” de meros factores adyacentes al corazón mismo de la disciplina. Desplaza el foco desde la acumulación predecible de insumos —una cuestión de “¿cuánto?”— hacia el proceso complejo, desordenado y contingente del cambio tecnológico e institucional: una cuestión de “¿cómo?”. La obra conjunta de los laureados nos enseña que el crecimiento no es una máquina lineal, sino un frágil proceso evolutivo, plagado de conflictos y profundamente arraigado en la cultura. Este artículo se adentrará en este nuevo paradigma, explorando los cimientos históricos de Mokyr, diseccionando el motor teórico de Aghion y Howitt, y sintetizando sus trabajos en un marco unificado para comprender la anatomía del progreso y sus profundas implicaciones para un mundo que se enfrenta, una vez más, a las promesas y los peligros de una disrupción tecnológica radical.
Parte I: Los Fundamentos de un Milagro - Joel Mokyr y la ‘Cultura del Crecimiento’
El Enigma Histórico: La Gran Divergencia
Para aquilatar la contribución de Joel Mokyr, es preciso primero contemplar la inmensidad del enigma que se propuso resolver: la “Gran Divergencia”. Durante milenios, la vida económica estuvo encadenada por las leyes malthusianas, donde cualquier ganancia efímera de productividad era devorada por el crecimiento demográfico, perpetuando el estancamiento de los niveles de vida. Sin embargo, alrededor de 1750, un cambio geológico en la historia humana comenzó en Europa Occidental, principalmente en Gran Bretaña. Un crecimiento sostenido y autorreforzado se puso en marcha, abriendo una brecha colosal y creciente en riqueza y capacidad tecnológica entre Occidente y el resto del mundo.
La pregunta que ha obsesionado a generaciones de historiadores económicos es ¿por qué? ¿Por qué este despegue ocurrió en Europa, una región que durante siglos había estado a la zaga de otras grandes civilizaciones? El trabajo de Mokyr utiliza a China como un espejo crucial. Durante gran parte de su historia, China fue el faro tecnológico del mundo, poseedora de la imprenta, la pólvora y una arquitectura naval avanzada mucho antes que Europa. Y, sin embargo, a pesar de su destreza, no fue allí donde prendió la mecha de la revolución industrial. Su dinamismo tecnológico se anquilosó, y fue superada por Occidente. Este hecho comparativo es una lección fundamental: la mera existencia de tecnología o de mentes inventivas no es condición suficiente. Se requería algo más, algo anidado en el tejido cultural e institucional de la sociedad, para transformar la invención esporádica en un motor de progreso autoperpetuado.
La Epistemología del Crecimiento: El ‘Conocimiento Útil’ como Motor
La contribución seminal de Mokyr, el núcleo de su respuesta a este enigma, es situar el “conocimiento útil” en el epicentro del crecimiento económico moderno. Mientras la economía tradicional se enfocaba en el capital y el trabajo, Mokyr argumenta que la verdadera “palanca de la riqueza” es el acervo de conocimiento de una sociedad y su capacidad para expandirlo y aplicarlo. En su marco, este concepto no es monolítico; establece una distinción crucial, casi anatómica, entre dos tipos fundamentales de conocimiento.
El primero es el conocimiento proposicional (el qué), o lo que los filósofos denominan conocimiento epistémico. Es la comprensión teórica de los principios y regularidades de la naturaleza. Abarca desde las leyes de la física y los principios de la química hasta la microbiología. Este cuerpo de saber constituye la “base epistémica” de la tecnología; explica por qué funcionan las técnicas.
El segundo es el conocimiento prescriptivo (el cómo), o conocimiento técnico. Es la comprensión práctica y aplicada de cómo crear y operar las técnicas. Incluye desde los planos de una máquina de vapor y la receta para una nueva aleación hasta el código de una aplicación de software.
**Durante la mayor parte de la historia, estas dos corrientes de conocimiento fluyeron en cauces paralelos. Los artesanos desarrollaban nuevas técnicas por ensayo y error, con escasa o nula comprensión de los principios científicos subyacentes. Los científicos y filósofos, por su parte, buscaban el saber abstracto con poco interés en su aplicación práctica. **El resultado era que el progreso tecnológico, cuando ocurría, era a menudo un callejón sin salida. Un inventor podía crear un artilugio, pero sin entender por qué funcionaba, era extremadamente difícil para otros replicarlo, mejorarlo o adaptarlo.
La tesis central de Mokyr es que el crecimiento económico sostenido solo fue posible cuando se forjó un bucle de retroalimentación positiva entre el conocimiento proposicional y el prescriptivo. Una comprensión científica más profunda (conocimiento proposicional) expandió el horizonte de posibilidades para técnicas nuevas y mejores, transformando la invención de un acto de azar en un proceso sistemático de I+D. Al mismo tiempo, nuevos y mejores instrumentos (conocimiento prescriptivo) —como el telescopio, el microscopio y la bomba de vacío— dieron a los científicos las herramientas para auscultar los secretos de la naturaleza, generando nuevos enigmas y expandiendo las fronteras del conocimiento proposicional. Esta dinámica autoamplificadora es precisamente lo que el Comité Nobel destacó: “si las innovaciones han de sucederse en un proceso autogenerado, no solo necesitamos saber que algo funciona, sino que también necesitamos tener explicaciones científicas de por qué”. Este bucle transformó la innovación de una serie de chispas aisladas en un fuego autosostenido.
Un Precedente Ibérico: La Escuela de Salamanca
Antes de que la Ilustración Industrial echara raíces en el norte de Europa, un notable precedente intelectual floreció en la España del Siglo de Oro. La Escuela de Salamanca, un grupo de teólogos y juristas del siglo XVI, se adelantó a su tiempo al aplicar los principios de la ley natural a los nuevos y complejos problemas económicos que surgían con el comercio global y la llegada de metales preciosos de las Américas. Figuras como Francisco de Vitoria, Martín de Azpilcueta y Tomás de Mercado sentaron las bases de la ciencia económica moderna, siendo considerados por el propio Schumpeter como los verdaderos fundadores de la disciplina.
Estos pensadores analizaron por primera vez procesos macroeconómicos modernos. Azpilcueta, por ejemplo, articuló una versión temprana de la teoría cuantitativa del dinero al observar que la masiva afluencia de plata americana estaba provocando un aumento generalizado de los precios en España. Desarrollaron también una teoría subjetiva del valor, argumentando que el “precio justo” no derivaba del coste de producción, sino de la “estimación común de la gente” (communis aestimatio hominum), un precursor directo de la ley de la oferta y la demanda. Defendieron la propiedad privada como un estímulo para la actividad económica y analizaron la moralidad del cobro de intereses, sentando las bases para la justificación del préstamo comercial.
Sin embargo, y aquí reside una lección clave que refuerza la tesis de Mokyr, este brillante florecimiento intelectual no desencadenó una revolución industrial. A pesar de su sofisticación, las ideas de la Escuela de Salamanca permanecieron en gran medida confinadas al ámbito teológico y jurídico. Faltaba el ecosistema completo: una cultura generalizada de experimentación, la colaboración estrecha entre teóricos y artesanos, y un mercado de ideas competitivo y transnacional que pudiera traducir estos principios en innovación tecnológica generalizada. La Escuela de Salamanca fue una supernova intelectual, pero su luz no encontró el terreno fértil necesario para germinar en un crecimiento económico sostenido.
El Real de a Ocho: La Moneda de un Mundo Conectado
Si la Escuela de Salamanca proporcionó el armazón intelectual para una nueva era, el Imperio Español forjó su instrumento material: el Real de a Ocho. Esta moneda de plata, también conocida como “peso duro” o “dólar español”, se convirtió en la primera divisa verdaderamente global de la historia, dominando el comercio mundial durante más de tres siglos. Acuñada a partir de la reforma monetaria de los Reyes Católicos en 1497, su producción masiva fue posible gracias a la ingente cantidad de plata extraída de los yacimientos americanos, principalmente de Potosí (Bolivia) y Zacatecas (México).
El Real de a Ocho fue el lubricante que permitió el despegue del primer comercio a escala planetaria. Se convirtió en la espina dorsal de dos rutas comerciales monumentales: la Flota de Indias, que conectaba Sevilla con los puertos americanos, y el Galeón de Manila, que unía Acapulco con Filipinas, creando un puente de plata entre América, Europa y Asia. Por primera vez, una única moneda era aceptada en los cinco continentes, desde las colonias británicas en Norteamérica hasta los bulliciosos mercados de China, donde su pureza y estabilidad la hicieron indispensable.
Esta moneda no solo transportaba valor, sino que era el vehículo físico para el intercambio de mercancías, tecnologías e ideas. Su circulación universal fue un factor material indispensable para la creación de ese “mercado de ideas” que Mokyr considera esencial. Su influencia fue tan profunda que se convirtió en la base del sistema monetario de los recién nacidos Estados Unidos, donde circuló legalmente como el “Spanish dollar” hasta 1857. De hecho, el propio símbolo del dólar ($) es una estilización de las Columnas de Hércules que aparecían en la moneda española. Así, mientras el pensamiento preparaba el terreno, fue una moneda hispánica la que tejió las redes físicas de la primera globalización, un requisito previo para la posterior Ilustración Industrial.
La Ilustración Industrial y la ‘Cultura del Crecimiento’
Este bucle de retroalimentación virtuoso no surgió por generación espontánea. Requirió un conjunto único de creencias culturales y arreglos institucionales que Mokyr agrupa bajo el término “Ilustración Industrial”, una “cultura del crecimiento” más amplia que echó raíces en Europa entre 1500 y 1700. Esta cultura fue el humus fértil en el que las semillas del conocimiento útil pudieron finalmente germinar y florecer. Mokyr identifica varios componentes clave que hicieron única a esta cultura.
Primero, la existencia de un “mercado de ideas” competitivo, nutrido por la persistente fragmentación política de Europa. A diferencia del imperio monolítico y centralizado de China, Europa era un mosaico de reinos, principados y ciudades-estado en perpetua rivalidad. Este paisaje, aunque a menudo violento, tuvo un beneficio dinámico profundo: creó vías de escape para los disidentes intelectuales. Un innovador perseguido en un estado, como Galileo, podía encontrar refugio y mecenazgo en otro. Esta fragmentación, por sí sola, no era suficiente; su beneficio era condicional a la existencia de una cultura intelectual unificadora.
Esto nos lleva al segundo componente: la ‘República de las Letras’. A pesar de sus divisiones políticas, la Europa moderna temprana estaba intelectualmente unificada por una comunidad transnacional de eruditos, artesanos e intelectuales. Esta red, conectada por la imprenta, una correspondencia epistolar cada vez más densa y nuevos espacios de sociabilidad como los salones y cafés, formó un procomún continental del conocimiento. Sus miembros compartían descubrimientos, criticaban sus trabajos mutuamente y establecían nuevas normas de ciencia abierta: la replicación, la revisión por pares y la difusión pública de los hallazgos. Este crisol colaborativo aceleró drásticamente la acumulación y validación del conocimiento útil.
El tercer y quizás más fundamental componente fue el surgimiento del programa baconiano. Mokyr identifica a figuras como Francis Bacon como “emprendedores culturales” que promovieron una creencia revolucionaria: que el objetivo primordial del conocimiento no era la contemplación abstracta, sino la utilidad práctica para la mejora de la condición humana. Este programa abogaba por la investigación sistemática y experimental del mundo natural con el fin explícito de resolver problemas reales. Esto forjó un poderoso ethos cultural que valoraba y recompensaba la aplicación de la ciencia a la tecnología, tendiendo un puente entre el sabio y el artesano y fomentando una fe generalizada en la posibilidad y deseabilidad del progreso.
Las obras magnas de Mokyr, como La Palanca de la Riqueza y Una Cultura del Crecimiento, construyen meticulosamente este argumento, demostrando cómo estos elementos se combinaron para crear las condiciones únicas para el nacimiento del mundo económico moderno. Su trabajo redefine lo que es una “institución pro-crecimiento”. Mientras que la escuela dominante, ejemplificada por los laureados de 2024, enfatizaba las instituciones formales como los derechos de propiedad , Mokyr argumenta que estas son insuficientes. Una sociedad puede tener derechos de propiedad perfectos, pero si su cultura es hostil a las nuevas ideas, venera el pasado o carece de un marco científico, se estancará. El Nobel para Mokyr es el reconocimiento formal de que el “software” de una sociedad —sus creencias y normas compartidas— es un prerrequisito indispensable para el funcionamiento de su “hardware” institucional.
Parte II: La Fisiología del Motor - Aghion, Howitt y el ‘Vendaval de Destrucción Creativa’
De la Intuición de Schumpeter a un Modelo Formal
Si Joel Mokyr explicó las condiciones históricas que permitieron construir el motor del crecimiento, Philippe Aghion y Peter Howitt proporcionaron los planos detallados de su funcionamiento interno. Su trabajo parte de una idea de uno de los economistas más iconoclastas del siglo XX, Joseph Schumpeter. En su clásico de 1942, Capitalismo, Socialismo y Democracia, Schumpeter argumentó que el impulso fundamental que mantiene en movimiento el motor capitalista proviene de la incesante introducción de nuevos bienes, métodos de producción y formas de organización. Describió este fenómeno como un “proceso de mutación industrial que revoluciona incesantemente la estructura económica desde adentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”. Este proceso de “Destrucción Creativa”, declaró, “es el hecho esencial sobre el capitalismo”.
Durante casi medio siglo, el concepto de Schumpeter fue una metáfora poderosa y evocadora, un gigante dormido en la literatura económica. Sin embargo, carecía de la formalización matemática rigurosa necesaria para integrarse en los modelos macroeconómicos dominantes. Era una intuición brillante sin una teoría operativa.
Esto cambió en 1992, con la publicación del artículo seminal de Philippe Aghion y Peter Howitt, “Un Modelo de Crecimiento a través de la Destrucción Creativa”, en la prestigiosa revista Econometrica. Este trabajo, y la investigación que le siguió, finalmente “operacionalizó” la visión de Schumpeter, traduciendo su intuición en un modelo formal y comprobable. Construyeron la maquinaria matemática para describir el perpetuo vendaval de la destrucción creativa, despertando al gigante y convirtiéndolo en una piedra angular de la teoría moderna del crecimiento.
Anatomía del Modelo de Crecimiento Schumpeteriano
El modelo de Aghion-Howitt se erige sobre tres ideas que capturan la esencia del proceso schumpeteriano: el crecimiento a largo plazo es impulsado por la innovación; la innovación es el resultado de la búsqueda de beneficios por parte de los empresarios; y las nuevas innovaciones desplazan a las tecnologías antiguas.
En su núcleo, el crecimiento se representa como un ascenso por una “escalera de calidad”. El progreso no proviene de producir más de lo mismo, sino de innovaciones que mejoran la calidad de los productos y procesos existentes.
El incentivo para ascender por esta escalera es la perspectiva de rentas de monopolio. Los empresarios invierten en costosa e incierta I+D porque una innovación exitosa les concede un monopolio temporal sobre el nuevo producto de mayor calidad. Este poder de mercado les permite obtener beneficios extraordinarios. Este beneficio potencial es el motor que impulsa todo el proceso.
El mecanismo que asegura la dinámica es la destrucción creativa. Cuando un nuevo innovador sube un peldaño, su producto superior le permite desplazar al líder del mercado anterior. La innovación es “creativa” porque representa un avance que aumenta la productividad general, pero es “destructiva” porque vuelve obsoleta la tecnología del incumbente, destruyendo sus beneficios. Este proceso crea inherentemente ganadores y perdedores, un ciclo incesante de nacimiento y muerte para empresas y tecnologías.
Una característica central y sutil del modelo es el efecto de “robo de negocio”. El innovador, al decidir si invertir, solo considera los beneficios que obtendrá, pero ignora la pérdida de beneficios que infligirá al incumbente que desplaza. Desde una perspectiva social, la ganancia neta es el beneficio del innovador menos la pérdida del incumbente. Como el innovador ignora este segundo término, el rendimiento privado de la innovación es sistemáticamente mayor que el social. Esto revela una profunda paradoja: el mercado, por sí solo, puede producir una tasa de innovación “excesivamente” alta. La “destrucción” de rentas existentes es un coste ineludible del progreso. A esto se suma el “efecto de reemplazo” de Arrow: un incumbente que ya obtiene beneficios de una tecnología tiene menos incentivo para innovar que un nuevo entrante que parte de cero, ya que el incumbente estaría canibalizando sus propias rentas.
Un Salto Más Allá de los Predecesores: Solow y Romer
La naturaleza revolucionaria del modelo de Aghion-Howitt se aprecia mejor al contrastarlo con sus predecesores. Durante décadas, el marco dominante fue el modelo de crecimiento neoclásico de Robert Solow (Nobel en 1987). En el modelo de Solow, el crecimiento a largo plazo era impulsado por el progreso tecnológico, pero este era exógeno, una “caja negra” que llegaba como “maná del cielo” a una tasa que el modelo no podía explicar.
Un gran avance llegó con Paul Romer (Nobel en 2018), pionero de la teoría del crecimiento endógeno. Romer “abrió la caja negra”, mostrando que el cambio tecnológico era el resultado de inversiones intencionadas en I+D. Sin embargo, los modelos fundacionales de Romer se centraban en la innovación como la creación de una variedad creciente de bienes. Las nuevas tecnologías eran en gran medida complementarias a las existentes, omitiendo la dinámica competitiva y de desplazamiento que Schumpeter había identificado.
La revolución de Aghion-Howitt fue introducir el caso opuesto: la innovación como una mejora en la calidad, donde los nuevos productos son sustitutos de los antiguos. Al modelar esta innovación vertical, introdujeron formalmente la lógica schumpeteriana de competencia, desplazamiento y destrucción creativa en el corazón de la teoría del crecimiento. Esto tuvo un efecto transformador, creando un puente entre la macroeconomía del crecimiento y la microeconomía de la organización industrial. Por primera vez, la teoría del crecimiento agregado podía ser directamente contrastada con los datos a nivel de empresa, desatando una revolución empírica.
La siguiente tabla clarifica la evolución de estas ideas, destacando la contribución específica de cada ola teórica.
Tabla 1: Un Siglo de Teoría del Crecimiento: De Solow a la Ola Schumpeteriana
**Teórico(s) / EscuelaTratamiento de la TecnologíaMecanismo Central de InnovaciónNaturaleza de la Nueva TecnologíaImplicación/Limitación Clave****Solow (Neoclásico)**Exógeno”Maná del cielo” inexplicadoN/APredice la convergencia pero no puede explicar la fuente última del crecimiento sostenido a largo plazo.**Romer (Primera Ola Endógena)**EndógenoExpansión de la variedad de bienes intermedios (innovación horizontal)Complementa la tecnología existenteExplica el crecimiento sostenido como resultado de la I+D pero omite la dinámica a nivel de empresa de competencia y destrucción.**Aghion & Howitt (Endógena Schumpeteriana)**EndógenoMejora en la calidad de los bienes (innovación vertical)Sustituye y desplaza la tecnología existenteVincula el crecimiento macroeconómico con la dinámica microeconómica de las empresas, la competencia y la destrucción creativa.
Parte III: Un Marco Unificado - Tejiendo Historia y Teoría
Las Condiciones se Encuentran con el Mecanismo
La decisión del Comité Nobel de honrar conjuntamente a Mokyr, Aghion y Howitt no es un mero reconocimiento de dos líneas de investigación paralelas; es la consagración de una síntesis. Sus trabajos, al entrelazarse, forman una explicación única, coherente y mucho más poderosa del crecimiento económico. El análisis histórico de Mokyr sobre la “cultura del crecimiento” describe la creación del ecosistema fértil en el que el motor de destrucción creativa de Aghion-Howitt pudo finalmente encenderse y, crucialmente, volverse sostenido.
Las precondiciones de Mokyr —una visión científica del mundo, un mercado competitivo de ideas y una cultura que valora el conocimiento útil— son lo que permite que la “escalera de calidad” del modelo de Aghion-Howitt se extienda indefinidamente. Sin estos cimientos, la innovación se agotaría, como ocurrió en todos los episodios de dinamismo económico anteriores. La Ilustración Industrial proporcionó el combustible.
A su vez, sin el mecanismo schumpeteriano modelado por Aghion y Howitt, incluso una cultura intelectual vibrante podría no haberse traducido en una transformación económica. Su modelo explica cómo la búsqueda de beneficios por parte de los empresarios actúa como el mecanismo de transmisión que convierte el conocimiento abstracto en mejoras tangibles. Es la presión implacable de la destrucción creativa la que asegura que el nuevo conocimiento se despliegue activamente para desafiar a los incumbentes. El modelo de Aghion-Howitt proporciona el motor.
Los Dos Pilares del Crecimiento Impulsado por la Innovación
La síntesis de las contribuciones de los laureados proporciona un marco completo de dos pilares para comprender la prosperidad moderna. Un pilar describe los profundos fundamentos culturales e institucionales, mientras que el otro describe la mecánica económica que opera sobre ellos.
Tabla 2: Los Dos Pilares del Crecimiento Impulsado por la Innovación
Laureado(s)Concepto CentralDominio de AnálisisContribución ClaveMetáfora Ilustrativa****Joel MokyrLa Cultura del Crecimiento y el Conocimiento ÚtilHistoria Económica, Historia de la Ciencia y la Tecnología (1500-1900)Identifica las precondiciones para la innovación sostenida (culturales, institucionales).Preparar el Suelo y Plantar las SemillasPhilippe Aghion & Peter HowittLa Teoría de la Destrucción CreativaTeoría Macroeconómica, Organización Industrial (Post-Segunda Guerra Mundial)Modela el mecanismo de la innovación sostenida (económico, competitivo).Describir la Biología de Cómo las Plantas Crecen, Compiten y Evolucionan
Este marco unificado explica tanto el éxito histórico como el fracaso contemporáneo. La Revolución Industrial arraigó en la Europa del siglo XVIII porque, como muestra Mokyr, el suelo cultural necesario había sido preparado. Muchas naciones en desarrollo hoy luchan por crecer porque uno o ambos pilares son débiles. Pueden importar conocimiento prescriptivo (el “cómo”), pero sin una comunidad científica local para adaptarlo (el conocimiento proposicional) y una cultura abierta al cambio, estas tecnologías no logran encender un proceso de crecimiento autosostenido.
El Proceso en Acción: Ejemplos Históricos y Modernos
El poder de este marco unificado se manifiesta al aplicarlo a las grandes transformaciones tecnológicas.
La máquina de vapor, icono de la Revolución Industrial, fue mejorada continuamente gracias a la creciente comprensión científica de la termodinámica (el conocimiento proposicional de Mokyr). Esta base epistémica permitió a los ingenieros mejorar sistemáticamente su eficiencia. Esta tecnología superior desató entonces un vendaval de destrucción creativa (el mecanismo de Aghion y Howitt), desplazando las fuentes de energía tradicionales y reordenando el paisaje económico.
El mismo patrón se repite con el automóvil. Su desarrollo se basó en conocimientos de metalurgia y física de la combustión. Esto permitió a empresarios como Henry Ford crear un producto que destruyó creativamente la industria del carruaje tirado por caballos, dando lugar a un nuevo ecosistema económico.
Este proceso define nuestro mundo actual. Las plataformas de comercio electrónico como Amazon, construidas sobre la informática, destruyeron gran parte del comercio minorista tradicional. Los servicios de streaming como Netflix, basados en la compresión de datos, desplazaron a los videoclubes. El smartphone integró conocimientos de múltiples campos para destruir los mercados de cámaras, GPS y teléfonos fijos. Hoy, la transición a las energías renovables está iniciando un proceso de destrucción creativa dirigido a la industria de los combustibles fósiles. En cada caso, una base de conocimiento útil (Mokyr) permite una nueva tecnología que, a través del mercado competitivo (Aghion y Howitt), impulsa el progreso al desplazar lo antiguo.
Parte IV: La Gobernanza del Progreso - Políticas en una Era de Disrupción
La Espada de Doble Filo y la Amenaza de la Esclerosis
Un mensaje central y aleccionador de la obra de los tres laureados es que el crecimiento económico es un proceso feroz y contencioso, y su continuación nunca debe darse por sentada. El motor mismo de la prosperidad, la destrucción creativa, es una espada de doble filo. Si bien genera inmensos beneficios para la sociedad a largo plazo, impone costos reales y a menudo dolorosos a grupos específicos a corto plazo.
Este conflicto inherente es la mayor amenaza para el crecimiento sostenido. Los “perdedores” del cambio tecnológico suelen estar concentrados y ser políticamente poderosos. Tienen un fuerte incentivo para presionar por protección, para usar su influencia política para erigir barreras que bloqueen o ralenticen la adopción de nuevas tecnologías. Howitt señala que cuando aquellos atados al statu quo “ganan poder político”, pueden “organizar las cosas para que sea muy difícil que las nuevas tecnologías los desplacen”, lo que “inhibe el crecimiento económico”. Este fenómeno, a menudo denominado “esclerosis económica”, es lo que puede hacer que el motor de la destrucción creativa se gripe, llevando a una economía dinámica de vuelta al estancamiento. La obra de los laureados muestra que, durante la mayor parte de la historia humana, las fuerzas del estancamiento, representadas por los intereses creados, han vencido.
Un Conjunto de Herramientas Políticas para el Crecimiento Sostenido
El marco unificado de los laureados no sugiere que los responsables políticos deban eliminar el lado destructivo de la innovación. Más bien, implica que el papel principal de la política pro-crecimiento es gestionar los conflictos que surgen de la destrucción creativa de manera constructiva. Esto apunta hacia un conjunto de herramientas políticas específicas.
Una piedra angular es una sólida política de competencia. El modelo de Aghion-Howitt demuestra que la amenaza de ser desplazado es lo que motiva a los incumbentes a seguir innovando. Si se permite que los innovadores de hoy se conviertan en monopolistas arraigados, el ciclo se rompe. Aghion advirtió explícitamente sobre este peligro en el contexto de la inteligencia artificial, pidiendo “políticas de competencia estrictas” para asegurar que los gigantes tecnológicos de hoy no ahoguen las innovaciones del mañana. En esto resuenan las advertencias de pensadores como Juan de Mariana, de la Escuela de Salamanca, sobre la tiranía y los peligros del poder excesivo y sin control, ya sea estatal o privado.
Un segundo pilar es la inversión sostenida en educación e investigación. Esta es una implicación directa del trabajo de Mokyr. Para mantener el bucle de retroalimentación positiva entre ciencia y tecnología, las políticas deben apoyar todo el ecosistema del conocimiento, desde la investigación científica básica hasta la formación técnica.
Tercero, los responsables políticos deben mantener la apertura al comercio y a las ideas. El análisis histórico de Mokyr muestra que un “mercado de ideas” competitivo fue un ingrediente crítico. El proteccionismo y las restricciones a la libertad académica son amenazas directas. Aghion se hizo eco de esta preocupación, advirtiendo que las “nubes oscuras” de una “ola proteccionista” “no son buenas para el crecimiento y la innovación mundial”.
Finalmente, el marco destaca la importancia de las políticas que gestionan los costos sociales de la disrupción. Las redes de seguridad social, los beneficios por desempleo y los programas de reentrenamiento de trabajadores pueden verse como políticas cruciales pro-crecimiento. Al amortiguar el golpe para los desplazados, estas políticas pueden reducir la demanda política de proteccionismo y disminuir la resistencia a la innovación. Un mercado laboral flexible, combinado con una sólida red de seguridad social, puede ser la combinación óptima.
Desafíos Contemporáneos y Debates Académicos
Las teorías de los laureados, aunque fundamentales, no están exentas de matices y han estimulado un debate académico continuo.
Un refinamiento importante proviene de la investigación sobre el papel de las empresas establecidas. Mientras que el modelo schumpeteriano clásico enfatiza la disrupción por parte de nuevos entrantes, un documento de trabajo del NBER de 2017, “¿Cuán Destructiva es la Innovación?”, encontró que las mejoras incrementales realizadas por las empresas existentes pueden representar una mayor parte del crecimiento de la productividad que el desplazamiento por parte de startups.
El paradigma schumpeteriano también ha enfrentado críticas. Algunos argumentan que pone demasiado énfasis en el empresario heroico, subestimando el papel de la I+D institucionalizada en las grandes corporaciones. Otros cuestionan su aplicabilidad a las economías en desarrollo, donde el estado, en lugar de los empresarios privados, a menudo actúa como el principal innovador.
La tesis centrada en la cultura de Mokyr también ha sido debatida. Algunos críticos han planteado preocupaciones sobre un posible “eurocentrismo”. Otros señalan la dificultad de medir empíricamente un concepto tan amorfo como la “Cultura”. Sin embargo, es un testimonio de la fortaleza de la erudición de Mokyr que se enfrente directamente a estos contraargumentos, fortaleciendo su tesis central.
Estos debates enriquecen, en lugar de disminuir, las contribuciones de los laureados. Demuestran que el marco que construyeron es un programa de investigación vibrante y en evolución. El trabajo de los laureados ha creado una profunda paradoja para los responsables de las políticas. Por un lado, la regulación como las leyes de patentes es esencial para proteger las rentas de monopolio temporales que incentivan la innovación. Por otro lado, demasiada regulación, especialmente la que protege a las empresas establecidas, puede ahogar el proceso competitivo. Los responsables políticos se enfrentan a un perpetuo acto de equilibrio: muy poca protección, y el incentivo para innovar desaparece; demasiada protección, y los innovadores de hoy se convierten en los monopolistas de mañana que bloquean el progreso futuro.
Conclusión: La Fragilidad de la Prosperidad
El Premio Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas de 2025 es más que un galardón; es el reconocimiento de un paradigma que nos ofrece la cartografía más completa de la prosperidad moderna. Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, a través de sus investigaciones distintas pero profundamente entrelazadas, han remodelado nuestra comprensión de por qué algunas naciones son ricas y otras pobres. Han elevado la conversación más allá de los simples modelos de acumulación de capital hacia una visión más rica, compleja y realista del crecimiento como un proceso evolutivo, casi biológico, arraigado en el conocimiento, la cultura y la competencia.
Mokyr, el historiador, nos enseñó que el mundo moderno no fue un accidente. Fue el producto de una revolución cultural e intelectual única que, por primera vez, creó una “cultura del crecimiento”. Aghion y Howitt, los teóricos, proporcionaron la gramática matemática de este nuevo mundo, mostrando cómo esa cultura se traduce en dinamismo económico a través del incesante y turbulento proceso de la destrucción creativa.
La lección final de su obra colectiva es una advertencia profunda y urgente contra la complacencia. La prosperidad sin precedentes de los últimos dos siglos no es nuestro estado natural; es un logro frágil e históricamente contingente. El estancamiento, no el crecimiento, ha sido la norma durante la mayor parte de la historia humana. El motor del crecimiento es poderoso, pero no es automático. Puede ser detenido por intereses creados que temen la disrupción, por sociedades que se cierran a nuevas ideas y por políticas que protegen el pasado a expensas del futuro. La prosperidad depende de una voluntad social continua de aceptar un pacto difícil: abrazar el perpetuo e incómodo vendaval de la destrucción creativa a cambio de la promesa de un futuro mejor.
Mientras el mundo se enfrenta a los desafíos definitorios del siglo XXI —el potencial transformador de la inteligencia artificial, la amenaza existencial del cambio climático y las tensiones de la competencia geopolítica—, el marco proporcionado por los laureados de este año es más vital que nunca. Sus teorías no ofrecen respuestas fáciles, pero nos proporcionan la lente esencial para formular las preguntas correctas, del mismo modo que el microscopio de Cajal le permitió formular las preguntas que desvelarían la estructura de nuestro propio pensamiento. ¿Cómo podemos fomentar una “República de las Letras” global para acelerar la creación del conocimiento útil necesario para resolver nuestros problemas más acuciantes? ¿Y cómo podemos diseñar instituciones que gestionen constructivamente la inmensa destrucción creativa que estas soluciones inevitablemente desatarán? La obra de Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt no es solo una brillante explicación de nuestro pasado económico; es una guía indispensable para asegurar nuestro futuro.
Comentarios
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